Señores jueces y abogados, ¿entendieron el mensaje? No podían dejar actuar a Cuitláhuac García con tanta alevosía y falsedad en contra de una jueza
Angélica Sánchez fue detenida con acusaciones falsas, con pruebas fabricadas; fue detenida con toda la alevosía jurídica de la que es capaz la Fiscalía del Estado de Veracruz. Los jueces y abogados saben que no es la primera vez que la fiscal espuria, Verónica Hernández Giadáns, detiene a alguien con pruebas fabricadas. Lo ha hecho en contra de adversarios del gobierno, lo ha hecho en contra de jóvenes inocentes, lo ha hecho en contra de ciudadanos comunes. Pero hasta el momento no se había atrevido a hacerlo en contra de un miembro del Poder Judicial. El único delito de la jueza Angélica Sánchez fue acatar la orden de un juez federal; el no hacerlo podría implicar para ella caer en desacato.
Darle un machetazo al caballo de espadas es vencer a alguien en un campo en el que no se es experto y el vencido sí. Pues con la renuncia adelantada de Marcelo Ebrard a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SER), le da un machetazo adelantado a Claudia Sheinbaum, Adán Augusto López y al propio Ricardo Monreal. Ahora la presión es para sus compañeros de partido que tendrán que ponerse al parejo para no mandar un mensaje de que se están aprovechando del puesto para alcanzar sus intereses personales.
El periodismo que prefiere la Cuarta Transformación es el que ejerce Lord Molécula o la güera que se siente Thalía; es el periodismo de “El pirata”, o de los youtubers que se inventaron un canal para llenar de halagos al presidente. La libertad de expresión para el presidente de México es esa que ejerce Carlos Pozos, Lord Molécula, quien en una mañanera preguntó al presidente: «Acusan a su gobierno de estar jugando a Dios, ¿me podría explicar si su gobierno juega a ser Dios?». Otro día, sin el menor pudor, este pseudoperiodista se bajó los pantalones y gritó a los cuatro vientos en la mañanera: «Dios salve al presidente». Esa es la libertad de expresión que prefiere la Cuarta Transformación, la que acusa los errores de los opositores, pero excusa los errores del gobierno.
En nuestro país siempre ha estado a discusión hasta qué grado un periodista que ejerce su libertad de expresión puede inmiscuirse en la vida privada de un personaje público. El debate ya lo hemos compartido y siempre llegamos a la misma conclusión: En la medida que el personaje se hace público, hace pública su vida privada o afecte los intereses de la sociedad con sus actos privados siendo funcionario público, en esa medida uno puede libremente señalar o denunciar a dicho sujeto.
La Libertad de Expresión está consagrada en todas las constituciones de los países democráticos. Dicha libertad está señalada en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que a la letra dice: «Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. Este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideraciones de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección y gusto». En nuestra Constitución la Libertad de Expresión está garantizada en los artículos 6º y 7º, aunque los términos de estos artículos no hablen de una libertad sino del derecho a la manifestación de ideas.
Seguramente, mientras la magistrada Yolanda Cecilia Castañeda era echada a la calle, mientras el gobierno de Cuitláhuac García la humillaba, la jueza Angélica Sánchez estaba sentada en su oficina, atendiendo asuntos de suma importancia. Entonces no se daba cuenta, o no quería darse cuenta, que lo que le sucedía a Yolanda Cecilia, una mujer que laboró en el Poder Judicial del Estado por casi 50 años, podía pasarle también a ella. Ni por la mente se le cruzaba a Angélica Sánchez el poema del pastor Martin Niemöller: «Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío».