28 de agosto Día del Adulto Mayor

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28 de agosto, Día del Adulto Mayor FOTO: ESPECIAL
- en Carrusel, Opinión

Armando Ortiz / En el México antiguo las culturas prehispánicas tenían en gran valía a las personas de la tercera edad. Ser anciano era símbolo de sabiduría, temple, conocimiento y se les consideraba dueños de una gran experiencia para la toma de decisiones. Los ancianos eran una fuente de conocimiento al que los reyes acudían para así poder gobernar sus reinos. Entonces los hombres vivían bien y llegar a una edad avanzada no significaba, como ahora, que uno habría de ser relegado, olvidado y hasta vejado. Llegar a ser un anciano era entonces un privilegio de la vida, de la naturaleza y se sabía que los hombres que alcanzaban la longevidad, era porque habían sabido sortear con sabiduría y destreza los problemas físicos y naturales que el destino les imponía.

En ese entonces los mayores eran valorados como guerreros, guerreros que habían vencido en grandes batallas. El pueblo se acercaba a ellos para obtener la bendición de un consejo, o para adquirir la destreza que los llevaría al triunfo en el combate. Su imagen en ocasiones llegaba a ser divina. Algunos llegaron a ser como dioses, y se decía que en sus palabras existía cierta magia porque sólo enunciar la respuesta a un enigma, era el principio de la solución.

En el México prehispánico los ancianos eran los que tenían la palabra. Ellos eran los encargados de transmitir a las generaciones que se estaban formando los conocimientos suficientes para ser hombres de provecho. Un testimonio escrito de esto se encuentra en los Huehuetlatolli o “antigua palabra”, donde se leen los exhortos y consejos de los ancianos para las generaciones venideras. En éste se enumeran las normas de conducta de los mexicanos distinguidos y se resalta la veneración a los hombres de más edad. Dichos exhortos están escritos en un tono amable y firme, no se busca impresionar ni imponer una ley sino más bien conducir al joven por una senda que evite las complicaciones innecesarias. Pero además había un conocimiento pleno de la vida, que sólo podía ser adquirido por la experiencia que da el tiempo: “Decían antaño los viejos: Para que no siempre anduviéramos llorando, para que no siempre estuviéramos tristes, nos dio el señor: la risa, el sueño, el sustento, nuestra fuerza y nuestro brío y aquel dulce placer de la carne con que se propagan los hombres. Todo eso alivia la vida en la tierra, con que no andemos llorando”.

El anciano era, de acuerdo con sus consejos, hombre reverenciado, de cabello blanco, recio, hombre de edad, de mucho tiempo, experimentado, que se ha esforzado; el que aconseja a la gente, dueño de la palabra, maestro. En el caso de la mujer anciana ella era la reverenciada, noble anciana, corazón de la casa, rescoldo del hogar, custodia del mismo; la que aconseja y amonesta a la gente, luz, antorcha, espejo, turquesa, dechado.

Sin embargo, en este siglo XXI las cosas han cambiado, pero no de manera definitiva. Con el paso del tiempo la vejez se convirtió en sinónimo de incapacidad mental y física, enfermedad y debilidad. Son muchos los esfuerzos que se han estado llevando a cabo para recuperar la dignidad y relevancia de los adultos mayores en la sociedad.

A partir del Primer Congreso Panamericano de Gerontología celebrado en Ciudad Universitaria y a iniciativa del doctor Guillermo Marroquín Sánchez de Colombia se propuso que el 28 de agosto se instituyera como el día del anciano en todos los países del continente americano. En México se ha decidido que no sólo el 28 sino todo el mes de agosto se celebre a los adultos mayores. Esto con la intención de que nuestros ancianos recuperen el estatus que tenían en la antigüedad.

En este mes de agosto debemos recordar a todo el mundo que los hombres mayores eran, para los mexicanos antiguos, como los ahuehuetes, ese árbol magnífico que no tiene edad, ese árbol que mira la historia y que se estremece cuando el aire atraviesa por sus ramas y besa sus hojas, pero no tiembla cuando el viento furioso lo azota. A él vienen los moradores del bosque y encuentran refugio, sombra, consuelo. Así son nuestros adultos mayores, la antorcha que encendida nos guía por el buen camino, la palabra que nos exhorta con suavidad y firmeza, el corazón que late con fuerza en el centro de nuestra casa.

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