Mafalda, el Muro de Berlín y mi generación

Mafalda
Caída del Muro de Berlín FOTO: WEB
- en Carrusel, Opinión

Armando Ortiz / La primera noticia que tuve de Berlín fue gracias a Mafalda. Era el año de 1980 y me tocaba repartir las suscripciones del periódico Excelsior en la zona centro de Xalapa. Los domingos me quedaba con el suplemento de tiras cómicas del periódico pues me gustaba leer a Mafalda, la niña intelectual, creación del caricaturista Quino. De Mafalda publicaban una plana entera.

En una de esas tiras llegaba Felipito, el amigo de ella para darle una buena noticia, una noticia trivial por supuesto, pero según él una buena noticia. Entonces Mafalda se pone de pie entusiasmada ante el anuncio de una buena nueva y pregunta si ha terminado la guerra de Vietnam o si por fin cayó el Muro de Berlín. Desconsolado Felipe olvida su gusto y se aleja reconociendo que entonces su noticia no era tan buena. En ese entonces estaba entrando a la adolescencia y mis preocupaciones estaban más enfocadas en mi apariencia física y en el acné, que a su debido tiempo hizo estragos en mi rostro. Sin embargo, me llamó la atención el hecho de que para la niña lista de argentina, la caída del Muro de Berlín debería ser una buena noticia. Ahí empezó mi inquietud. Después vi en televisión la película El niño y el muro, con Nino del Arco, el “Solín” de las películas de Kalimán. Ahí también el dilema era sobre Berlín y sobre la amistad que entablan dos niños separados por el ignominioso muro. Después vino la película de Pink Floyd que dirigiera Allan Parker y que me llenó la menté de imágenes surrealistas, subversivas y atractivas. Estaba entrando en la edad de la rebeldía y mi cantaleta a partir de entonces fue la estrofa de Another brick in the wall: “We don’t need no education/ We don’t need no thought control”. El muro seguía en pie, pero mi adolescencia y juventud primera, esperaba con ansia su caída, ese acontecimiento que estaba seguro habría de ser una buena noticia.

Después llegó Lech Walesa, Juan Pablo II, Gorbachov y Helmut Kohl. La decadencia de Europa del Este era cada día más evidente y mes con mes eran más y más alemanes del Este los que encontraban la manera de saltar el muro. Muchos no lo consiguieron y encontraron balas, cárcel y muerte. Otros sí lo lograron y fueron tratados como verdaderos héroes; tal vez lo eran.

No fue repentino, pero a mí me pareció que sí. Un día la gente empezó a salir de la Europa del Este y el régimen comunista ya no los detuvo. Ya no les disparaban ni los amenazaban con que se detuvieran, ya en algunos países empezaron a abrir las fronteras y las puertas de entrada resultaron tan estrechas que la gente empezó a tirar el muro.

Era una tarde de noviembre de 1989. Yo estaba en mi habitación y repentinamente al cambiarle de canal al televisor vi a los berlineses derribando el muro. Por fin el muro caía, una buena noticia en medio de todo. Seguí contemplando a los hombres que vivían en el Este, saludando a los hombres que vivieron en el Oeste, y se dieron la mano sin importar que meses atrás habían sido enemigos; pero tomaron cerveza gratis y se abrazaron gozosos.

Entonces no pude contener el llanto y lloré, lloré las lágrimas más limpias que he llorado en mi vida. Lloré con un nudo en la garganta, lloré y supe que no sólo el dolor causa llanto. Lloré y me acordé de Felipito yendo a ver Mafalda, y lo imaginé contento porque esa tarde de noviembre sí le iba a dar una buena noticia: “Mafalda, por fin cayó el muro”. Y ella, estoy seguro, hubiera llorado, como yo lloré en aquel día.

Dicho acontecimiento me ha llenado por muchos años con la esperanza en que el hombre puede rectificar su camino. Todavía hay muchos muros, muros de hierro como los que erigieron en la frontera con México; muros culturales, muros económicos, muros raciales, muros de intolerancia, muros, hay muchos muros todavía. Pero sé que cada uno irá cayendo poco a poco y sé también que eso será una buena noticia. Y entonces lloraré como lloré esa tarde de noviembre de 1989, y entonces volveré a recuperar mi fe en el género humano, porque mi fe en Dios no la he perdido.

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