Violonchelo y piano

Piano
El chelista Alfonso Pérez Valencia y el pianista Eduardo Montes Quintero FOTO: ÉDGAR LANDA
- en Opinión

Édgar Landa Hernández / El viento de otoño se siente próximo. Los árboles  responden ante las inclemencias del tiempo. Tiempo de ensueño. Tarde de una noche de verano y en el escenario: dos talentosos jóvenes que a través del agradecimiento llenaron de melancolía a los asistentes.

El chelista Alfonso Pérez Valencia y el pianista Eduardo Montes Quintero emanaron excelsas interpretaciones al compás de la música, música breve, ascendente dentro de las partituras musicales. Conjunción sin igual violonchelo y piano. Temáticas nostálgicas que aligeran la tristeza.

Movimientos trémolos que bajo la batuta de las cuerdas daban rienda suelta a la imaginación, a aquello que existe, pero que no se ve, a lo que se vive, pero que ya no existe.                                          

El pianista daba la orden, su compañero, el del violonchelo tomaba aire, recorría su arco y lo desvanecía entre las cuerdas, sonidos finos que se amalgamaban a las notas pianísticas. Entre alegretos y puntillos.

Entre calderones y sostenidos se sentía el beneplácito de escuchar cada de obra de Mendelson, oberturas en do mayor, y un sinfín de logísticas musicales fueron el preludio del recital. El amplio repertorio nos transportó hasta el siglo XIX, obras de Shubert,Faure,Sibelius,Scriabin. Ritmos aterciopelados agazapados en corcheas, se desvanecían entre las sombras de los silencios para volver a surgir con ímpetu hasta dejar en los graves una conclusión contundente.

Y como diría mi gran amigo “la vida sería más hermosa si tuviera música de fondo”…

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