Procrastinar

- en Opinión

Sergio González Levet / Este verbo difícil de pronunciar y suyo significado pocos conocen se refiere a una característica que ha terminado por definir al mexicano en general.

Acudo al diccionario de la RAE y me encuentro con que viene del latín procrastinare, con que es un verbo transitivo y con que significa: “Diferir, aplazar”.

O sea, ¡el deporte nacional!

Como mexicanos, siempre dejamos las cosas para después, para el último momento; esperamos que los problemas los solucione el tiempo y no nuestras acciones; queremos que los conflictos se resuelvan solos, y que las necesidades se remedien por obra y gracia del Espíritu Santo (o la virgencita de Guadalupe, o quien debía ser patrono del país: San Judas Tadeo, abogado de las causas difíciles y desesperadas, no más ni menos que primo hermano de Jesús, y al que se le reza: “Apóstol gloriosísimo de Nuestro Señor Jesucristo, aclamado por los fieles con el dulce título de abogado de los casos desesperados, hazme sentir tu poderosa intercesión aliviando la gravísima necesidad en que me encuentro”… y así por el estilo).

Sí, porque la mayoría de las “causas difíciles y desesperadas” se han vuelto así por nuestra abulia, por la falta de determinación para resolverlas antes de que se conviertan en un conflicto grave.

Yo considero que esta forma de actuar (o más bien de no actuar) del mexicano tiene su explicación en la pésima enseñanza que recibimos en la escuela, desde el nivel primario. En nuestras aulas se enseña a no respetar las reglas -como no las respetan los profesores que dejan su responsabilidad por andar en marchas para resguardar sus inmerecidas conquistas sindicales). En los salones de clase, los alumnos aprenden a faltar, a no entregar la tarea, a copiar en los exámenes, a ir en contra de la autoridad -que en este caso la representa el profesor-.

Entonces, nuestros egresados piensan que la vida laboral debe ser igual a la escolar.

Recuerdo el caso de un flamante licenciado de la Facultad de Humanidades de la UV, a quien contraté para un diario que dirigía. Al tercer día de laborar no se presentó, y cuando lo llamé a cuentas me miró extrañado, porque él estaba acostumbrado a que se podía faltar a clases sin necesidad de justificar su ausencia. Vaya que le costó trabajo entender que si no se presentaba trabajar, la empresa no le pagaría esa jornada y que con faltas reiteradas podría ser dado de baja.

Bueno, todo esto viene a colación porque este jueves 20 de agosto de 2015, que fue el día en que empezó a operar el nuevo Reglamento de Tránsito, había unas colas enormes en la oficina de licencias de Hacienda del Estado. Muchos procrastinaron esta necesidad, y dejaron el trámite para hacerlo hasta el primer día en que empezó a ser efectiva la normatividad vial.

Precisamente por procrastinar, tuvieron que hacer una larga cola (en otros días, el trámite tarda unos 20 minutos) y esperar hasta dos horas hasta que lograron conseguir, a destiempo, el documento que ahora van a exigir los agentes de tránsito.

Si les digo…

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