Pasan los años y yo sigo aquí; algún día los años pasarán sin mí

Pasan los años y yo sigo aquí; algún día los años pasarán sin mí FOTO: WEB
- en Avenida Principal, Carrusel

Ahora que lo pienso bien, la época más larga de mi vida fue de los 10 a los 25 años; una década y media que se prolongó y que me llenó de buenos recuerdos, de experiencias varias. Hubo dolores, lo sé, pero nada que no pudiera soportar; hubo amigos que se hicieron entrañables y que hasta la fecha siguen conmigo; hubo libros, por Dios, cuántos libros, el descubrimiento de la lectura que es el equivalente al hombre pisando la luna; hubo amores, pocos, muy pocos, que el tiempo después compensó; hubo amarguras que se combinaron con alegrías y que por lo mismo se hicieron más soportables; hubo hermanos, mis hermanos a los que siempre he amado; hubo madre, siempre ha habido madre que se erige enorme ante la ausencia de mi padre.

Pero sobre todo esto estuvo Dios, siempre ha estado Dios. Y a veces me pregunto, ¿por qué? Pues yo a ratos me alejo deliberadamente de él, pero él me sigue como el sol de Alfonso Reyes: “Despeinado y dulce, claro y amarillo: ese sol con sueño que sigue a los niños”. Pasan los años y yo sigo aquí, y algún día los años pasarán sin mí.

¿A quién le importará? ¿A quién le importaré? No sé qué seguirá, el no saberlo me provoca ansiedad y gozo; sí, qué raro, gozo. Sólo sé que sea lo que pase, venga lo que venga, lo aceptaré: Alegría, dolor, amor, pasión, espiritualidad, amigos, trabajo, injurias, victorias, derrotas, todo lo aceptaré. A estas alturas de mi vida he entendido que lo que importa es vivir; plenamente vivir.

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