Hola pueblo, adiós ciudad

Ciudad
Hola pueblo, adiós ciudad FOTO: WEB
- en Opinión

Iván Daniel Montero García / Mentiría si afirmara recordar la causa de por qué de más joven anhelaba vivir en un departamento de un edificio alto, y si se podía con vista al mar o a las imponentes luces nocturnas de la ciudad, pues mejor.

A esto le sumaba mi vehemente aseveración de que nunca iba a vivir en un pueblo, por aburrido y silencioso. Preferiría una ciudad, entre más grande y caótica, mejor.

No es que renegara de mi casa, la cual me encantaba porque tenía un patio donde me ponía a jugar fútbol pegándole a la pared con la derecha y luego con la izquierda para volverme ambidiestro (Spoiler Alert: Nunca lo logré); también había un tablero y un aro para volverme basquetbolista (Spoiler Alert: Ya se imaginan, ¿no?); ¡Ah! Y un mini jardín donde crecía una orquídea y un tulipán el cual tenía prohibido entrar a jugar.

Por azares del destino comencé a vivir en departamentos, obviamente no con la vista al mar ni al horizonte de la ciudad como me lo imaginaba, pero al fin de cuentas un departamento, y al principio como era la novedad, me agradaba.

Sin embargo, luego de casi cuatro meses de estar encerrado por el confinamiento, entre más o menos 70 metros cuadrados, en un segundo piso con vista a los balcones de las edificaciones de enfrente, me hizo reconsiderar mis anhelos adolescentes.

No se podía jugar al fútbol, claro, pero por ejemplo, para hacer ejercicio había que mover los muebles para obtener un espacio decente de movimiento sin romper o tirar las cosas; sin contar el ruido de los autos que es permanente; las luces artificiales, que entran por los resquicios que dejan las cortinas en las ventanas, incesantes; muy difícil lograr un momento de silencio para leer a gusto; o algo más básico, como lo es respirar un aire que no contenga olor a desechos humanos o combustibles fósiles.

Así es como viven la mayoría de los españoles, hacinados en las grandes urbes dejando verdaderos pueblos fantasmas en la España interior. Hace unas semanas veía el noticiero de la televisión pública, TVE, y una de sus noticias más importantes era el primer nacimiento en un pequeño poblado luego de cuatro décadas.

Durante el periodo entre marzo y junio escuché cientos de historias sobre lo que es vivir en pisos –como se le dice aquí–, unas más lúgubres que otras. Verbigracia: un conocido rentaba una habitación que no tenía ventana, aunado a que el departamento era interior, es decir, que las ventanas que tiene no dan a la calle sino a un patio interior donde se congregan las partes traseras de las construcciones de una manzana. Luego de semanas así tuvo que conseguir la llave de la azotea del edificio donde se alberga este departamento y subir ilegalmente (en la mayoría está prohibido usar la terraza) para poder sentir un poco de libertad.

Otra cosa que me hizo recapacitar fue que hace unos días para escapar del caos citadino fui a visitar a una amiga a un pequeño pueblo al sur de Francia. Ahí en ese sitio remoto, reflexioné que tenía tiempo que no veía tantas estrellas en el cielo por la noche; no recordaba cuando había sido la última vez que tomé agua directo del grifo sin que tuviera sabor a cloro o cal; o respirar aire fresco con olor a bosque; igualmente por la noche todo era silencio a excepción de uno que otro grillo; también había un huerto donde hacían crecer sus verduras y frutas para consumo propio, sin esos químicos para hacer más rojas las fresas.

Por mucho tiempo nos han venido diciendo que el progreso está en las grandes urbes, en los rascacielos, entre más altos los inmuebles mayor progreso y bienestar, mientras más cemento tienen los caminos, mejor será nuestra vida.

Desde la cuarentena otros como yo han también redefinido sus gustos. En España el turismo ha virado hacia los pequeños poblados, a las casas en las montañas o en playas menos concurridas; quienes quieren comprar una vivienda se han inclinado a la búsqueda de casas a las afueras de las grandes ciudades. De la misma forma, con el creciente auge de trabajar desde casa, quienes pueden hacerlo, poco a poco se van de la ciudad.

Ahora que vivo en un departamento me viene a la menta esa frase que dice, cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad. ¿Es hora de decirle “Hola” al pueblo y “Adiós” a la ciudad?

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