La Aldea

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Aldea Meced FOTO: WEB
- en Opinión

Iván Daniel Montero García / Hace unas semanas, mi mejor amigo y yo creamos una especie de blog donde tratamos de compilar nuestros recuerdos. La intención es contarlos tal y como los hemos retenido en la memoria todo este tiempo, con la finalidad de que los demás también nos compartan sus recuerdos de esos episodios en común.

La última crónica de @bbyurarichman –su psuedomino en las redes sociales– fue sobre nuestra pasión por el fútbol y las ‘cascaritas’ en el barrio, específicamente en la Aldea Meced, una casa hogar cerca de donde nací. Me conmovió tanto el relato que aquí se los dejo íntegro para su deleite:

Aldea Meced – Xalapa

Escrito por el Dr. Cairo

Las reglas eran simples: tres contra tres, el equipo que anote primero 10 goles gana, los goles sólo valen pasando la última raya de la cancha y dentro del área sólo valen si son con la cabeza, ¡ah! y el portero es ‘movible’. El premio: un refresco grande.

Casi siempre jugábamos contra el mismo trío: el “Chisco”, el “Valvina” (no estoy seguro cómo se escribe) y “el Monkey”.  A veces ellos alternaban con algún otro jugador: el “Burro” o el “Güero”, pero siempre era una combinación de ese roster de 5. De nuestro lado casi siempre éramos los mismos tres porque siempre estábamos juntos.

Los partidos usualmente eran muy reñidos (10 – 8, 9 – 10), pero desafortunadamente casi siempre perdíamos y pocas veces pagábamos. La mayoría de las veces estábamos tan confiados de que ganaríamos que apostábamos sin tener dinero. Ellos hacían lo mismo. Las veces que cada equipo cobró el premio fueron contadas, pero vaya que sabía bueno ese refresco después de una victoria.

Comenzábamos aplastantes: pared aquí, pared allá, túnel, pase directo al pie; tiro decisivo desde una esquina—¡gol!. El estilo de juego de ellos era más práctico: pasaban la pelota rápido, de un lado a otro, hasta que se acercaban al área y el que tenía la mejor posición disparaba al arco. Gol.,¡Gol!, Gol

Nos volteábamos a ver, incrédulos, ¿cómo es que nos están ganando si somos mejores?, nos preguntábamos con la mirada. Los tres sabíamos la respuesta: quizás somos mejores individualmente pero nuestro exceso de confianza nos hace querer resolver las cosas solos y el futbol así no funciona.

La canchita donde jugábamos era de cemento, estaba diseñada para que máximo 5 jugadores por equipo la ocuparan a la vez. Junto a ella había una casa-hogar llamada Aldea Meced donde niños y jóvenes con problemas familiares eran recibidos.

Pase hacia la izquierda donde el Chisco recibe de parte interna, acomoda, y con un simple toque de su pie izquierdo manda el balón a la red. 7-5.

Por mi parte puedo decir que sólo conocí la casa por dentro una sola vez. Me daba miedo y pena a la vez entrar. No sabía las condiciones en las que vivían y tampoco me interesaba averiguarlo. Sin embargo, quiero pensar que a todos los chicos que vivían ahí, no les iba tan mal.

Balón “largo”, recibo de espaldas, intentó hacer un túnel a lo Riquelme vs. Yepes, me roban la pelota fácilmente, se la pasan al Burro que ahora se encuentra cerca del área, dispara de zurda, y anota. 8-5.

Eso sí, durante los casi 10 años que pasamos jugando en esa cancha, vimos desfilar a un sinfín de niños. Decían que a determinada edad —creo que a partir de los 16— te podías marchar si así lo decidías. En varias ocasiones, el Chisco se iba y volvía como si nada a las dos semanas; le preguntábamos dónde andaba y desdeñosamente contestaba que por ahí. Lo mismo pasaba con el Güero, quien aparentaba ser el mayor, iba y venía a su gusto.

Héctor se da un autopase con la pared —que separaba a la Aldea de la cancha— la recibe adelante, se mete al área y de un punterazo letal, anota el 8-6. Pero… ¡Contragolpe!, pase para el Valvina quien la pisa, la esconde, la jala, se abre hacia su derecha y dispara… ¡Gol! 9-6. A estas alturas ya nos preguntábamos de dónde íbamos a sacar el dinero para pagar: ¿traes? No traigo más que como 8 pesos. ¿Tú? No traigo nada. ¿Tú, güey? no traigo, pero pues… voy a pedir a mi casa. Ok. Chingao, otra vez nos van a ganar.

A pesar de todas sus dificultades, eran chicos nobles, honestos a la hora de jugar, amaban el futbol y las ‘cascaritas’ tanto como nosotros. Éramos casi iguales, excepto que nosotros lo teníamos todo.

Salimos tocando. Se la paso a Daniel, que amaga que va a salir por la derecha pero corta hacia el centro, y entonces se mete solito hasta la cocina y antes de pisar el área, manda el balón a la red. 9-7. Ellos se recriminan por no defender mejor mientras nosotros bajamos rápido a cubrir nuestra portería.

De todos los recuerdos que tengo de esa canchita, estos partiditos casi nocturnos son mis favoritos. Si pudiera contabilizarlo en goles, yo diría que aproximadamente nos han de haber anotado por ahí de 1,000.  A veces íbamos a jugar los 7 días de la semana. En cuanto a los refrescos que ganamos y que pagamos, esos creo que sí se podrían contar con los dedos de la mano, y es que llegamos a un punto donde ya no importaba el refresco sino sólo jugar y ganar.

El Chisco sale tocando para el Monkey, quien la abre hacia el Valvina,  que la retiene mientras sus compañeros se mueven. Nosotros los cubrimos, pero les damos espacio de más. El Chisco corre detrás de mí y yo que sé que no es tan bueno, me confío. Valvina le mete un pase elevado, el Chisco lo recibe con la sutileza digna de un profesional, se lo acomoda a su pie izquierdo, remata y el balón da en el poste… (Uff! Resoplo aliviado).

No recuerdo cuál fue la última cascarita que jugamos contra ellos, pero en realidad no importa. Seguro perdimos y no pagamos. Lo que importa es que nos divertíamos como enanos y que con tantos refrescos que no recibieron, seguro les ahorramos una diabetes temprana. wink, wink

…sorprendiendo a Héctor, quien siendo el más rápido de nosotros ya se encontraba defendiendo la portería. El balón rebota en su pierna y sin tiempo de reaccionar entra inminentemente en la portería. 10-7. Ellos celebran, nosotros nos lamentamos. “Ahorita les damos lo del refresco”, les dice Daniel. “Nah, ya luego; ya nos tenemos que meter a cenar”. “Ah, va. Sale, ahí luego”. “Ahí mañana”. “Sobres, bye”. “Ahí luego, esos”.  “Sale”.

Nosotros sólo los vemos alejarse juntos, riendo, emocionados porque otra vez nos ganaron. Ahora que escribo esto me es imposible no pensar que realmente nunca hicimos nada por ellos; pero, ¿qué podríamos haber hecho a los 17 años de edad? Desafortunadamente en ese tiempo, nunca tuvimos la capacidad para ver más allá… y no es que fuéramos egoístas, clasistas o envidiosos, no, no lo creo; es sólo que éramos jóvenes, ignorantes e inconscientes.

A la distancia escuchamos cómo le echan llave y candado al portón principal de la casa-hogar, y también vemos que apagan las luces de la cancha y todo se queda oscuro. Tomamos esto como señal para marcharnos; nos despedimos y muy tranquilos nos vamos hacia nuestras casas.

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