Veracruz, la ruta del fracaso

Fracaso
Ruta del fracaso FOTO: WEB
- en Opinión

Jorge Flores Martínez / El fracaso rara vez es resultado de una acción aislada, mas bien se trata de una serie de eventos que se suceden en el tiempo en un desesperante ciclo, uno como consecuencia del anterior.

En Veracruz tenemos quince años gobernados por el odio, y será muy difícil pensar en un mejor futuro mientras los veracruzanos no escapemos de esta tragedia. Se trata de la ruta del fracaso.

Todo parte de una muy mexicana idea de comprender, en la joven democracia en nuestro país, que al oponente no solo se le tiene que vencer en una elección, se le debe destruir completamente, eliminar sin que quede nada de él.

No hay forma de construir una democracia sana si nuestros gobernantes destinan la mayor parte de su esfuerzo en eliminar al otro. Fidel Herrera destinó su energía y enormes cantidades de recursos públicos para impedir que Yunes Linares tuviera la menor oportunidad de ser gobernador. Este enfermizo odio hizo posible que Javier Duarte gobernara seis años nuestro estado.

La única recomendación que Duarte recibió de Fidel Herrera fue la de continuar con el odio. Cualquier idea de planeación estratégica, proyecto de estado o consolidación financiera quedaban en el mejor de los casos relegados a una sola mención o la simple, pero siempre mentirosa, declaración política de Veracruz como un estado próspero.

Se invirtieron miles de millones de pesos, compraron conciencias y corrompieron instituciones con el único objetivo de asegurar la permanencia de la fidelidad en el poder e impedir que el oponente, que debía destruirse, ganara.

Después de la desastrosa administración de Javier Duarte, el oponente seguía ahí. Intentaron impedirlo, pero los que estaban eliminados políticamente eran ellos, la fidelidad próspera.

Llega Miguel Angel Yunes Linares a una mini gubernatura de apenas dos años y decide dedicar el muy escaso tiempo a eliminar al oponente. No había otra agenda, será para otra ocasión que se pueda dedicar tiempo para construir el futuro de Veracruz. Planear las estrategias necesarias para que los veracruzanos puedan enfrentar los retos del siglo XXI no es tan importante, ya habrá tiempo después.

El odio persistió y el después era la evidencia de que, además de odiar, otra de las prioridades que tienen nuestros gobernantes es la de heredar el poder. Yunes Linares cometió el peor error que puede siquiera pensar un verdadero demócrata, dejar a un hijo como sucesor. Lo dije en su momento y lo digo ahora, la ley no le impedía al hijo ser gobernador, solo se trataba de limites éticos que nunca se deben traspasar.

Yunes Márquez perdió ante el arrastre impresionante de López Obrador y los veracruzanos estábamos en el umbral de librarnos del yugo del odio. Una de la virtudes de Cuitláhuac García como candidato, por lo menos yo así lo veía, era que podía permanecer ajeno a la rencilla Herrera-Yunes y dedicar su tiempo en construir un mejor Veracruz.

Cuitláhuac García, ya como gobernador, aun está en la disyuntiva de dejar el odio. Es bien sabido que los agravios existen, pero son en ambos sentidos. Un político mesurado e inteligente los debe dejar a un lado, no sirven de nada, al final del cuento, no se trata de su pleito ni de su beneficio. No puede continuar con la ruta del fracaso, serían otros seis años irremediablemente perdidos.

Al día de hoy permanecemos prisioneros de políticos que solo saben odiar. No hay forma de librarnos del odio mientras la política se reduzca a la eliminación y destrucción total del oponente, debemos entender de una vez por todas que la democracia no funciona así.

Espero que en unos años surja un político sensato, sea de izquierda o derecha, que tenga claro que el tiempo es el bien más escaso que existe y que no se puede desperdiciar inútilmente en odios y rencillas estériles. Es indispensable construir entre todos las estrategias necesarias para poder enfrentar los retos del siglo XXI, aun estamos a tiempo.

Solo espero que este político sensato no surja demasiado tarde, el futuro no nos va a esperar.

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