Un libro que cuenta una historia increíble

Libro
Rafael Guízar y Valencia FOTO: WEB
- en Opinión

Jorge Flores Martínez / El miércoles 12 de diciembre del 2012, a las 4:00 a.m., mi esposa y yo recibimos la llamada de teléfono de mi hija Laura Paola con la noticia que no había sido posible tramitar su tarjeta de identidad de extranjero, porque su nombre no estaba incluido en la lista para solicitar cita en la Oficina de Extranjeros o Comisaría de Policía de su domicilio y, el plazo máximo de 90 días se había vencido. A partir de ahora en cualquier momento a la menor falta o al solo hecho de ser solicitados sus documentos podía ser deportada de inmediato y sin la menor demora.

—JF: ¡Laura, pero… ¿cómo es posible?! Tenías la fecha y el documento engrapado en tu pasaporte.

—LPF: Papá, nunca me contestaron y lo intenté infinidad de veces.

—JF: No sé qué decirte, es complicado y lo peor es que sabes que quiero que tu hermana vaya y, esto simplemente tira todo a la basura.

—LPF: Papá, lo que se puede hacer es que vaya a México unos días a tramitar de nuevo mi visa y, me regrese en enero ya con todo arreglado.

—JF: Laura no es tan fácil, tendría que comprar tu boleto y ese gasto no lo tengo contemplado, además como sabes cuando tramitamos tu visa contábamos con el dinero suficiente, y ahora, pues…

—LPF: No sé cómo le voy a hacer papá, me da miedo que me deporten.

—JF: Laura me aterra que te pase algo malo, ¡carajo!, tuviste 90 días para arreglarlo y ahora ya no se puede.

—LPF: Papá, me regreso.

—JF: ¡No! Laura de ninguna manera, lo que te pido es que arregles esto de alguna manera.

—LPF: No hay nada que hacer, ni siquiera me contestan papá.

—JF: ¡Carajo! Algo que con tanto esfuerzo estamos haciendo y se va a la basura, al carajo.

—LPF: Papá, no es mi culpa.

—JF: ¡Haz algo!, arréglalo porque tu hermana va para allá.

Colgamos el teléfono y la desesperación fue grande, se trataba de un viaje de estudios de intercambio universitario por un año en la Universidad de Comillas, en Madrid.

Mi padre que estaba recién fallecido, en su último año de medicina estuvo en Madrid, en la Clínica de la Concepción a la misma edad que Laura mi hija, era una especie de recuerdo a mi padre, no entendía como algo tan bello podía, de la noche a la mañana, transformarse en una pesadilla.

Mi esposa y yo no podíamos imaginar a nuestra hija detenida y deportada a México por no tener sus documentos en orden. Si todo se planeó bien y se tramitó la visa del intercambio universitario, ¡vaya!, estuvimos en el Consulado de España en Puebla y, entregamos la invitación de la Universidad de Comillas, sus documentos de aceptación y, semanas después nos entregaron el pasaporte de mi hija con la visa y un papel engrapado donde le recordaban que tenía 90 días para dar aviso a la Comisaría de Policía.

En situación de estrés todos reaccionamos distinto, sabía que esto nos llevaría a situaciones límites que no estaba seguro de poder sostener o sobrellevar; significaba además del doloroso trámite de deportación, perder un año de estudios en una de las universidades más costosas de Iberoamérica, y que, seguramente perdería su beca universitaria, lo que haría aún más difícil la terminación de sus estudios.

¡Carajo y mil veces carajo!, ¡qué puedo hacer!; para evitar un pleito con mi esposa, el que no tendría el menor beneficio y en nada ayudaría a resolver este problema, salí de la casa sin idea del rumbo, total desde las cuatro de la mañana estábamos discutiendo quién tenía la culpa.

—JF: Delfina, la niña tenía claro que debía hacer este trámite.

—DP: Jorge, ella tiene que estudiar y yo también he solicitado la cita y no me la acepta la página de Internet.

—JF: ¡No puede ser, no la protejas!, lo mejor es que sea responsable de sus actos y sobre todo de su negligencia y apatía (palabras caras, siempre hay que tener presente que las palabras tienen un valor del que no somos conscientes en el momento de decirlas)

—DP: Algo se podrá hacer, y, ¿si hablamos a la embajada y exponemos el caso?

—JF: Delfina, en el Consulado nos advirtieron claramente que se tenían 90 días para el trámite de sellado del pasaporte y su permiso para su estancia como estudiante.

Así las cosas, mejor salí de casa, la discusión no podía llevar a nada, el caminar tampoco ayuda en mucho a resolver este problema, mientras lo hacía pensé en pedir dinero prestado, depositarlo en mi cuenta y tramitar la visa; no era posible, me pedirían estados de cuenta de los tres meses anteriores. Ir a la Embajada y explicar el asunto, significaba que fuéramos nosotros quienes delatáramos la estancia “ilegal” de nuestra hija; después de todo en el Consulado habían sido muy claros de la importancia de este trámite.

Pensaba y caminaba y, por momentos caminaba más de lo que pensaba; no encontraba una solución al asunto, sabía que en momentos así de complicados me hacía falta mi padre. Él seguramente hubiera tenido un amigo en algún lugar que nos pudiera ayudar, en eso estaba cuando llegué al centro, vi las oficinas de gobierno y la Catedral y pensé, puedo ver mi problema con el gobernador, se trata de una veracruzana que requiere ayuda oficial, es una joven estudiante en Madrid y además me parece que el gobernador tiene especial interés por España, pero lo pensé bien y tenía claro que estas personas nunca tendrían la sensibilidad para entenderme, además para llegar al gobernador me llevaría tanto tiempo que seguramente cuando obtuviera la cita sería demasiado tarde, así que decidí mejor atravesar la calle y dirigirme a la Catedral a hablar con el Jefe, total con Él no había que tramitar cita.

En Xalapa tenemos el privilegio de contar con los restos mortales un Santo muy querido, del cual mi padre era muy devoto, se trata de San Rafael Guízar, en lo personal, a pesar de proceder de una familia muy católica no sé como pedirle a un Santo ¿hablarle de tú?, ¿de usted?, en verdad no lo sabía y tenía muchos años de no acercarme a la iglesia, a pesar de creer en Dios, tenía y aún conservo algunos recelos. Me acerqué a la tumba donde reposan los restos del Santo y decidí hablarle de tú, total después de ver su imagen me pareció muy familiar ya que en casa siempre había existido una imagen suya. Rafael, ayuda a mi hija, no necesito darte más explicaciones porque tú sabes la historia y no sé si esto sea parte del plan, pero ayúdala. No quiero que pase un mal momento. Entiendo que todos estamos aquí por alguna razón y sé que la razón de que yo esté aquí es ella, en todo momento lo he tenido claro, pero ¿cuál es la necesidad de hacerla sufrir?, ya para finalizar le dije que mi padre le tenía gran devoción y que le dijera si lo veía que ayudara a su nieta, al final yo solo creía estar siguiendo sus indicaciones. Por favor necesito que me digas si vas a atender este asunto.

Terminada mi petición, que no puedo llamar plegaría u oración me dirigí a la salida en lo que en pleno umbral de la puerta sonó mi teléfono y era mi esposa, contesté en la acera de la calle y me dijo —Jorge, me dice Laurita que ya le dieron una cita, la pidió para otra ventanilla, pero ahí ella expondrá su asunto; me quedé frío y sin poder contestar, le dije a mi esposa —excelente, que en un rato regresaba a la casa y lo comentábamos, que en ese momento tenía que hacer otras cosas.

Claro que tenía que atender otras cosas, no me la creía y era claro que no estaba resuelto el asunto ni mucho menos, pero era la señal que había pedido, no cabía la menor duda. Entré nuevamente a Catedral, pasé, otra vez, por la tumba del Santo y le dije —gracias Rafael, voy a comprar una estampa tuya y pedirle al padre la bendiga.

Es difícil de explicarlo y más escribirlo, pero sentí claramente que el Santo me decía que no era él quien se hacía cargo, que esto estaba en manos del Jefe y que él solo era un intermediario. No me era fácil en esos momentos ir directamente con el Jefe, teníamos cuentas pendientes, yo era el que le quedaba a deber mucho, me sentía como quien va con su casero a pedir que arregle el grifo de le cocina debiéndole años de renta.

Recordé que era 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, ¡que animal soy!, mi padre era más guadalupano que Juan Diego; siempre tuvo en casa una imagen de la Virgen que amorosamente conservaba como el recuerdo que su padre le había regalado y que, cosa curiosa, su padre, o sea mi abuelo, la había recibido en su infancia de manos del Santo en cuestión, por responder correctamente en su clase de catecismo.

Así las cosas, decidí comprar un artículo religioso, ir a la imagen de la Virgen y de ahí intentar acercarme al padre que oficiaba en esos momentos la misa, pensé que sería complicado ir a donde la Virgen, es su día y hay mucha gente, además hablar con el padre, va a estar más difícil, estaba acabando la misa y cientos de personas se le acercaban para que les bendijera los más diversos objetos.

Compré dos estampas de los Benedictinos y me dirigí hacia la Virgen, para mi sorpresa ya estaba prácticamente vacío, le dije —Virgencita ayuda a tu hija, está en una situación bien difícil y creo que San Rafael me dice que está en manos del Jefe y a él no sé cómo pedirle, tú sabes el gran amor que te tenía mi papá, por favor no dejes sola a Laura Paola. La verdad es que a ella no me atreví a pedirle una prueba de que iba a atender el asunto, después de todo como mexicano, ella es la única autoridad que respetamos, seamos o no Guadalupanos.

Unos minutos viendo la cara de la Virgen y tratando de evocar la cara de mi hija me di cuenta que el padre atendía a unos cuantos fieles, decidí ir con él y pedirle que le pidiera al Jefe por mi hija, así que encaminé mis pasos.

—JF: Padre, ¿le puedo pedir un favor?

—P: Claro

—JF: ¿Puede pedir por mi hija que está lejos y tiene un problema muy grande?

—P: Por supuesto, ¿cómo se llama tú hija?

—JF: Laura Paola, Padre

Me retiraba del lugar cuando me dijo:

—¿Quieres que bendiga tus imágenes?

—Sí, ¡claro!

Me acerqué nuevamente, le expuse mis imágenes, las bendijo y de paso a mi también.

Le dije —gracias Padre, muchas gracias; ya estaba algo alejado, me disponía a salir de la iglesia cuando me dijo –No te preocupes, Laura Paola va a estar bien.

Sentí tranquilidad, el asunto estaba en buenas manos y estaba seguro que todo saldría bien, decidí aprovechar mi caminata y realizar unos trámites en una oficina de gobierno cercana a donde estaba.

Una vez en las oficinas me dijeron que la persona que buscaba en ese momento no se encontraba, que en 45 minutos regresaba, así que decidí ir a una librería de viejo que esta cerca de las oficinas a pasar el rato revisando libros.

La librería era un local grande, de unos 20 metros de frente por 40 o 50 metros de fondo, en el momento que estaba entrando al local sonó mi teléfono, era mi madre que me llamaba como todos los días, ella ignoraba completamente el asunto y evité comentárselo en ese momento, platicando de otros temas en lo que caminaba sin rumbo fijo entre las estanterías de libros, terminamos la conversación y me encontré justo frente a un estante en el que en la repisa superior se encontraba un ejemplar que llamó poderosamente mi atención, sin pensarlo estire el brazo, lo tomé entre mis manos, reconocí la portada, era un libro igual a uno que me había regalado mi padre cuando cumplí nueve años, abrí el libro y enorme sería mi sorpresa cuando en la primera página encontré la dedicatoria de mi padre, nunca lo había sentido, las piernas me flaquearon, sentí que el corazón me estallaba dentro de mi pecho; era el mismo libro que mi padre me había regalado cuando era niño; solo tengo dos libros dedicados por él, uno lo acababa de recuperar unas semanas antes cuando un buen amigo me lo regresó y éste, que si me hubieran preguntado unas horas antes, les hubiera dicho que en el torreón de la casa tenía un libro de Picasso que mi padre me había regalado.

No podía entender, ¿qué hacía mi libro en esta librería?, ¿cómo llegó? Pasaron mil pensamientos por mi cabeza, con el libro tomado con las dos manos me quedó claro una cosa, mi padre intentaba decirme algo por medio de este libro, que estaba entre miles de libros, colocados entre docenas de estanterías y que, justo ese día en el que no pensaba ir o entrar a la librería tenía que encontrarlo dirigido por un poder o un querer que no estaba en mí, solo camine sin rumbo y sin sentido a través de estanterías mientras hablaba con mi madre y al terminar la llamada me encontré justo frente al libro, tengo claro que algo, que no fue mi voluntad, me animó a estirar mi brazo y tomarlo entre mis manos.

Minutos más tarde, me dirigí al mostrador y les dije que si tenían idea como había llegado mi libro, entendiéndose que no estaba dispuesto a pagarlo por considerarlo de mi propiedad, después dejé en claro que era una curiosidad sin mayor importancia y que pensándolo bien no me interesaba, que mejor me apartaran el libro dejando un depósito y después volvería por él; el libro tenía un precio de $350.00 y yo en ese momento solo contaba con $200.00, que dejé gustoso como depósito.

Me tuve que regresar caminando a casa, ya que había dejado todo el dinero que tenía en la librería, debo decir que fue un regreso muy feliz y todo el camino me fui platicando con mi padre, diciéndole gracias, recuerdo que un momento le dije que el mensaje había sido recibido y sentí claramente porque no lo oí, pero fue un sentimiento fuerte y total que el me decía como siempre que cumplía con una tarea encomendada —mi Jorge, misión cumplida.

Llegué a casa, me encontré con Delfina, en el cuarto le platiqué lo que me había ocurrido y trataba de explicarle, lo inexplicable, en medio de un llanto de emoción que había encontrado el libro y que mi papá nos iba a ayudar, que no tuviera miedo, que el Jefe estaba al tanto y no iba a dejar que le pasará algo malo a Laura Paola.

Es inexplicable pero nos invadió a los dos una tranquilidad total, sabíamos que esto se iba a resolver de la mejor manera y que nuestra hija iba a estar bien.

Yo quería platicarlo con mi madre, pero no por teléfono era de los asuntos que se platican en persona; en la tarde después de comer tenía que ir a Coatepec, que es donde vive, y le platicaría con lujo de detalle lo que había sucedido.

Fue así que en la tarde entré a casa, le pregunté a mi mamá dónde estaba, que le quería platicar algo, me contestó que estaba recostada porque se había caído en la mañana, que le dolían la pierna y el torso; entré al cuarto y le pedí que me dijera que le había pasado, me platicó que había ido al banco en la mañana y a la entrada tropezó con un enlosado y prácticamente había volado y caído cual larga es, en la banqueta. Por fortuna se encontraban unas personas que la auxiliaron y la ayudaron a levantarse, pero que aún le dolía el cuerpo de la caída. Recuerdo que le dije –mamá, creo que mi papá te dejó unos momentos y se fue a ayudarme, le platiqué lo que había sucedido con todo detalle, no hubo necesidad de explicar nada, los dos sabíamos perfectamente que era mi papá el que estaba detrás de todo, nunca iba a dejar que a su Lauris le pasara algo feo.

Al otro día pasé por el libro, lo puse en el escritorio donde solía trabajar mi padre y platique con él, le dije nuevamente gracias por hacerte cargo de algo que yo no podría haber solucionado.

Más tarde recibimos la llamada de mi hija, desde Madrid, nos platicó que ya estaba todo resuelto, que en un par de semanas le llegaba su permiso de residencia y que la habían atendido con mucha cortesía y entendido perfectamente su situación, ya que al parecer se trataba que uno de sus apellidos habían sido incorrectamente capturados en el sistema.

Al regresar en julio del siguiente año y una vez en casa, le pedí a Laura su permiso de residencia y con todo el amor lo metí en el libro, justamente donde esta la dedicatoria de mi padre, le dije –papá, misión cumplida.

A la fecha el libro esta sobre su escritorio y cuando subo a su estudio le pido instrucciones.

Mayo de 2014

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