«Pasado presente»

Pasado
Tecnología vintage FOTO: WEB
- en Opinión

Yuri Alejandra Cárdenas Moreno / Como parte de nuestras actividades de fin de semana, mi novio y yo vimos la película “Eso” (It), el filme original de 1990 inspirado en la novela homónima de Stephen King. Yo ya la había visto en numerosas ocasiones desde aquella noche cuando tenía seis años y el trauma que causó en mí el payaso terrorífico apareciendo en el desagüe, fue irreparable -nunca pude volver a ver a los payasos con los mismos ojos. Pero mi novio no había tenido la oportunidad de verla y a casi treinta años después de su estreno, decidimos revivir la experiencia para poder compararla mejor con la nueva versión que está por salir en el cine en un mes.

Sin embargo, dejando a un lado el tema del épico payaso de Tim Curry, del tipo de terror que esta película inauguró para películas posteriores, o del decepcionante final después de más de 3 horas de película, hubo algo que llamó poderosamente mi atención de esta experiencia de cine casero.

Para los que no están familiarizados con el filme, en la primera parte de este, se cuenta la historia de siete niños que, por causas de un aleatorio o quizá fatídico destino, se unen para formar una especie de club, en el que todos sufren del clásico acoso o bullying, por parte de una pandilla de chicos mayores, y, naturalmente, todos ellos han sido alcanzados por la maldición del payaso asesino del pequeño pueblo de Derry.

Los ‘7 de la suerte’ como se hacen llamar, son niños que van a la misma escuela, y saliendo de clases se reúnen en el bosque, en un lindo lugar donde corre un riachuelo, para platicar sus experiencias, jugar con rocas y construir una pequeña presa en el agua. Asimismo pasan su tiempo yendo juntos al pequeño cine local, andando en sus bicicletas y caminando o corriendo por las calles del pueblo.

Tanto mi novio como yo hicimos la misma broma cuando veíamos estas escenas: ¡Qué tiempos aquellos! Espera…hay algo mal con estos niños ¿dónde están sus tablets y sus iPhones?

Y sí, la imagen de un grupo de pre adolescentes corriendo y gritando, bañados en sudor por el esfuerzo de usar la bicicleta o escalar, todos con las ropas algo polvosas, con las rodillas sucias y el pelo revuelto, es entrañable.

Los niños y niñas clasemedieros de entre 11 y 15 años de hoy en día, son una cosa que espanta. Todos con celulares, vestidos como mini adultos -en especial las niñas-, mandándose mensajes de voz por Whatsapp, sufriendo ya conflictos amorosos, rechazando cosas «ñoñas» como jugar con juguetes, y desde luego, resolviendo todos los asuntos de su infancia con su teléfono con internet (hacer amigos, hacer travesuras, jugar, hacer la tarea, resolver dudas, etc).

Y entonces nosotros los adultos jóvenes, sus tutores y guías, los vemos y hacemos eso que juramos jamás hacer, decimos: ¡En mis tiempos sí sabíamos divertirnos! (nuestros padres tenían razón)…

En los últimos tiempos la sociedad red (televidentes, cinéfilos, netflixeros -término que ya deberían comenzar a acuñar-, usuarios de facebook, etc), ha puesto de moda el regreso a lo “old fashion”, a lo “vintage”, a lo antiguo, pues. Trayendo de vuelta tanto modas de vestir, como estilos musicales y formatos televisivos que nos recuerdan lo mejor de los años 80’s o 90’s, en particular. Esto naturalmente responde al hecho de que los grupos de edad que más usan la red de consumo en la actualidad, son los que crecieron o fueron niños/adolescentes en esas dos décadas.

No que la nostalgia de tiempos pasados sea una novedad, sin embargo, esta nueva nostalgia ha descubierto una mina de oro en cuanto a ventas se refiere. Otra vez vemos una alta demanda en el mercado de productos como las cámaras instantáneas de Fuji, los lentes gruesos de pasta y amplios cristales, gargantillas de plástico, la escala cromática del unicornio aplicada a lo que sea, el relanzamiento de series animadas como Dragon Ball, o de consolas de videojuegos como el Nintendo o el Super Nintendo, entre otros miles de artículos para comprar la felicidad.

Lo cual puede parecer normal, sin embargo, en un mundo con cámaras de altísima resolución, con tecnologías para videojuegos como la realidad virtual o los productos de Xbox, con miles de series y caricaturas lanzadas cada mes, usando técnicas de filmación y de animación que impresionan a cualquiera, ¿qué tiene de especial una cámara instantánea, o un nintendo, o Dragon Ball? ¿En qué compiten? Fácil, en que todas esas cosas nos regresan a ese punto antes de que la humanidad diera un paso más hacia la tecnología, y se despidiese de cosas que hoy los más pequeños ya no entienden.

No es fácil ser la generación límite entre dos eras.

Nuestros padres aún vivieron la mitad de sus vidas en un mundo sin internet, sin mensajes instantáneos, sin juegos de video, sin buscadores de información. Ellos y sus padres antes que ellos vivieron en ese mundo en que las cosas costaban un poco más de trabajo, pero nada que no pudieran resolver con inteligencia y paciencia.

Y nosotros, ¡oh pobres hombres y mujeres del cambio de milenio!, crecimos en el final de esa etapa, y ya conocimos las mieles de la red, con su información al alcance de unos cuantos teclazos, con su facilitación de absolutamente todo: jugar, imaginar, dibujar, conocer el mundo, escuchar música, ver películas, hacer cuentas, grabar números telefónico, etc, etc, etc.

Entonces no pertenecemos ni aquí, ni allá. No somos nuestros viejos que iban a la biblioteca a hacer una tarea de investigación, pero tampoco somos nuestros hermanitos, sobrinos o hijos que sostienen videoconferencias para hacer un trabajo de equipo a distancia. Somos unos entes que saben usar la tecnología, que no le tenemos miedo ni la rechazamos como a veces lo hace la generación anterior, pero en el fondo sabemos lo que nos ha costado en materia de calidad humana.

Por eso extrañamos nuestra infancia, esa feliz época del mundo en que sí había televisión y caricaturas, pero aún se conocía el concepto de pandilla, de club de amigos, de atrapadas y encantados. Por eso ahora que somos la generación consumista, elegimos consumir cosas que nos recuerden tiempos pasados, unidos convenientemente a la tecnología presente.

Usamos el Instagram pero nos aseguramos que la fotografía tenga un bonito filtro llamado “1968” que prácticamente le roba toda la calidad a la foto; tenemos un iPhone pero le colocamos una funda de un viejo anuncio de Coca Cola de los años 50’s; los chicos usan lap tops de lujo pero las guardan en anticuados portafolios de piel marrón con hebillas, como los que usaban en 5º de primaria para ir a la escuela; las chicas volvieron a usar sudaderas de Sailor Moon para ir a beber un café al Starbucks más cercano. Pasado y presente son amalgamados en la oferta nuestro grupo de consumo, y nos encanta.

No es que esté bien o mal, pero es insuficiente. No basta con volver a ver todos los capítulos de tu caricatura favorita de la infancia para que tu realidad sea igual de linda que en ese tiempo.

Si tanto extrañamos las décadas pasadas, ¿por qué no traer lo mejor de ellas al presente, no sólo en forma de artículos de consumo, sino de prácticas y costumbres?

¿Por qué no dejamos de ver nuestros celulares cada 5 minutos e incluso adoptamos la bonita costumbre de dejarlos en casa apagados de vez en cuando? ¿Por qué no mejor salimos a dar una vuelta en bicicleta en vez de sentir la nostalgia mientras vemos Stranger Things? A lo mejor hasta en el camino combatimos la obesidad, demonio de nuestros tiempos. O ¿por qué no dejamos de comprarle a nuestros hijos artículos tecnológicos que no necesitan y los invitamos a jugar con la imaginación? (en serio, ¿Para qué carajos quiere un iPad un niño de 5 años? ¿Lo quieren hacer idiota o qué?).

Hay muchas cosas buenas del pasado que podemos revivir y que nos harán sentir mucho mejor que gastarnos toda la quincena en artículos “vintage”.

Podemos volver a caminar para ir a lugares no tan alejados, y dejar el coche o el taxi en paz un ratito. Podemos ir al parque y sentarnos en una banca SIN LLEVAR EL CELULAR, y ponernos a observar a la gente que camina, los autos que pasan, los perros y sus rituales de descanso. Podemos volver a tomar un diccionario cuando tengamos una duda sobre una palabra, o una enciclopedia si queremos saber sobre un tema. Podemos también ir a visitar a nuestras abuelitas para que nos pasen una receta de cocina en vez de buscarla en Google. Podemos también volver a aprender a estar solos, sin hacer nada, esperando el autobus por ejemplo, sin la enfermiza necesidad de mirar el teléfono para no sentir que «no estamos haciendo nada». Podemos reaprender a ser pacientes, disciplinados, creativos.

Podemos, pero no lo hacemos, nos han metido en la cabeza que todo lo que se necesita para transformar el mundo es tener internet y una tarjeta de crédito a la mano, pero no es cierto. El mundo lo podemos transformar con sólo ponernos de pie y hacer algo nuevo.

Yo primero. Mañana tengo planeado salir a caminar al parque, y llevar conmigo un libro para leer, y una libreta para escribir A MANO, mi siguiente artículo, o a lo mejor un cuento.

Quién sabe, a lo mejor descubro que los “buenos tiempos” nunca se fueron, ahí siguen, pero yo los construyo con mis manos, mis pies y mi cabeza.

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