«Los que cazan cazadores»

Cazadores
Mel Capitán FOTO: JÓVENES CAZADORES
- en Opinión

Yuri Alejandra Cárdenas Moreno / Este fin de semana una noticia llegó a mis ojos sobre el suicidio de Mel Capitán, una joven española de 27 años, aficionada a la caza, quien decidió quitarse la vida en medio de una crisis de acoso y agresiones que ella y su familia sufrían por parte de grupos de animalistas que se oponían a su actividad y no le dieron cuartel ni siquiera estando ya fuera de este mundo. Porque, la noticia en sí -suicidas diarios- no era lo que llamó mi atención, sino todos los comentarios que se podían leer tanto en la noticia que me enganchó al caso, como en sus redes sociales y en los foros que trataron esta noticia en general. Comentarios de alegría por su muerte, pidiendo que se exponga su cabeza en alguna sala de trofeos y en las redes sociales, deseando que se estuviera pudriendo en el infierno, por mencionar los más benévolos.

El encono y la saña con la que tantas persona se unieron para festejar la muerte de una persona verdaderamente son escalofriantes.

Y sin detenerse ahí, la noticia dio pie a los peores intercambios de insultos entre quienes festejaban su muerte, quienes defendían a la joven y su deporte, y quienes, como yo, simplemente no podían concebir aquella escena lamentable.

Pudiera reflexionar decenas de páginas sobre este tema, pero quiero reducir mi opinión a un par de asuntos.

Mel Capitán era cazadora de ocio. No cazaba animales para sobrevivir, como lo hacen las tribus de Alaska, ni para alimentarse ni para cubrirse con pieles del frío inclemente. Ella no carecía de recursos como para excusar su actividad en un lucro que le permitiese subsistir. Ella no pertenecía a ninguna industria de consumo animal de cualquier tipo, no era parte de su trabajo diario el salir a matar animales. Mel asesinaba ciervos que veía pacíficamente en el bosque sólo para exponer sus cuerpos sin vida en una fotografía que colgaba en las redes. Mel era cruel y sádica, si tratamos de explicar psicológicamente su naturaleza.

En resumen, desde mi postura, y recalco, mi postura muy personal, esta chica era una persona que hacía mal, que estaba equivocada y que además se vanagloriaba de lo que hacía. Pero eso no me hace alegrarme de que haya decidido quitarse la vida. Tampoco me entristece, no seamos hipócritas, porque a diarios vemos noticias de niños muertos en Siria, y no pasamos el día deprimidos, somos capaces de reír y comer y no prestarle atención a ese y miles de sufrimientos en el mundo.

Pero si algo debe quedar claro, es que con todo y todo, yo no soy quien para ir y colocar un mensaje de odio profundo, de festejo y de dicha por su muerte, ni en las redes, ni en los foros ni en las inmediaciones de su casa, o la de su familia.

Esto me lleva a una reflexión sobre ese grupo de la sociedad llamado animalista, y se que corro el riesgo de que algunos salten y me insulten, o incluso traten de averiguar donde vivo para venir y acosarme. Porque le pasó a Mel, y porque le pasa a cualquier persona que se atreve a disentir con los totalitarismos modernos. Sin embargo, quiero dejar en claro una diferencia entre lo que es un animalista de verdad, y un falso animalista.

Los animalistas son todos esos individuos que defienden y dedican su vida a la protección de la vida animal y su medio ambiente. Los podemos encontrar en los refugios o perreras cuidando perros y gatos, los hallamos en grupos de FB promoviendo la adopción responsable, los hallamos en asociaciones civiles levantando firmas con peticiones, y son los que reportan cualquier maltrato de la vida animal doméstica o silvestre ante las autoridades, los que organizan recaudaciones de fondos para ayudar a que los animales callejeros encuentren un hogar donde se les cuide bien, son los que intentan sabotear las actividades de caza de ballenas, de rinocerontes; esos que incluso han muerto víctimas de las mafias en el mercado negro que trafica con especies en peligro de extinción.

La verdad es que los animalistas hacen mucho bien al mundo, y todos deberíamos serlo.

Pero como todo en este mundo, hay un delgado límite entre el ser, hacer y parecer.

Ya describí lo que es un animalista. Ahora voy a describir lo que es un falso animalista.

Un falso animalista es el que sigue todos los grupos de amigos de los animales en las redes sociales pero jamás asiste a sus eventos ni coopera con sus causas, ese que tiene una foto de perfil con su perro, pero lo tiene todo el día abandonado en la azotea, viviendo entre sus desechos y las moscas. Un falso animalista es el que da su vida por los animales pero desprecia a su propia especie, y es malo con sus vecinos, grosero, agresivo, antipático. Un falso animalista es el que insulta con las palabras más soeces a quien no comulga con sus ideologías, y que es capaz de violentar a otro ser humano con tal de “castigar” una injusticia con otra peor.

Como seres humanos que somos, reyes de la creación, animales racionales, la verdad es que somos la especie más ridículamente predadora y autodestructiva.

No sabemos siquiera respetarnos entre nosotros, dialogar, escuchar y entender. ¿Qué podríamos ofrecerle a nuestro mundo así? Solo muerte y miseria como hasta ahora.

Señores animalistas, qué bueno que cuiden a los animalitos, qué bueno que sean tan sensibles a otras formas de vida. Pero, les recuerdo que el vecino también es una forma de vida, y esa chica cazadora era una persona, y si estaba equivocada, a lo mejor deberíamos ponernos a pensar si era ella la culpable o el sistema en el que creció, ella y sus padres y sus abuelos.

Antes de apuntar el dedo a alguien para culparlo de las desgracias del mundo, detengámonos a pensar si no somos todos un poquito responsables del estado de las cosas.

Y hago un paréntesis aquí. Toda esa gente mala que existe en el mundo -violadores, asesinos, corruptos, etc- merecen ser encerrados, y merecen ser juzgados por la sociedad y el gobierno, merecen un castigo, pero eso no quiere decir que para hacer justicia vamos a comportarnos como salvajes y a reducirnos a su nivel de violencia. Eso sólo probaría que todos somos iguales, que sólo necesitamos un motivo, una excusa, para dejar de lado nuestros valores y destruir, despedazar vidas humanas. Tenemos que ser mejores que eso, si no ¿cómo exigir un mundo mejor?

La caza existe porque existen los vendedores y compradores de rifles y armas -esas sí, abominaciones del hombre-, existe el toreo porque existen los patrocinadores, y los vendedores de boletos, y los organizadores y los asistentes a las corridas de toros; existe la guerra porque existen los intereses de las naciones y las ambiciones de unos cuantos empresarios y políticos, y esos empresarios y políticos llegaron hasta donde están sentados porque hubo gente que los impulsó a llegar a esos sitios. Hubo quien los votó, quien los eligió, quien les compró sus productos. Entonces ¿sólo el cazador que tira del gatillo tiene la culpa? ¿Sólo el torero que clava la banderilla? ¿Sólo el ladrón que robó a un transeunte?

E incluso en el terreno del intercambio de ideas, de quienes opinan sobre todas estas cuestiones, ¿por qué insultar para probar un argumento? ¿qué tiene que ver mi postura política con que me llamen puta, pendeja, o gorda? ¿Eso es civilizado? ¿Así se demuestra quien es la mejor persona? Si odiarnos entre nosotros creemos que es la solución para los problemas del mundo, pues estamos perdidos.

Además, creo que demasiadas cosas hay ya para que la mitad de la humanidad pase su día entero insultándose unos a otros en algo tan vacío y estúpido como un foro de Facebook.

Esta y otras noticias similares que sólo sirven de alimento para los intercambios de insultos, son las razones por las que decidí a partir de hoy dedicarle el mínimo de mi tiempo a las redes sociales y el máximo a volver a escribir, a estudiar, a leer, a tocar un instrumento musical.

Porque cada vez y siendo víctima de ello, me doy más cuenta que las redes sociales no sólo son un vicio inocente o un pasatiempo, como el famoso Candy Crush. No, las redes sociales son la nueva cuna de los odios modernos, de la creación de sectas, de los totalitarismos y de las intolerancias.

Ahora la gente cree que insultar al otro en Facebook significa ser un buen “lo que sea” (animalista, feminista, de izquierda, cristiano, intelectual). Y creen que ya cumplieron con su misión en la vida con pasar dos, tres, cuatro, ocho horas al día leyendo noticias y peleando en los foros, o dándole like a los memes, cuando que eso no puede estar más lejos de lo que es la vida real, el mundo.

¿Quiere usted ser animalista? Sálgase de la computadora y vaya a la calle a rescatar perros, y no insulte a quien no lo haga, hágalo usted, y enseñe a sus hijos, hermanos, primos, amigos y vecinos a hacerlo, enseñe con el ejemplo, con humildad y con paciencia, no con violencia, ni con orgullo.

¿Quiere usted amar a Dios en una Iglesia? Pues ámelo y sea bueno, sea decente, y predique la palabra de su Dios con el ejemplo, y no mire con menosprecio a quien no crea en un Dios.

Y si usted es de esos que no creen en nada, no se sienta mejor o superior que quien va a una Iglesia, sea usted tan listo como dice que es y respete, y entienda que cada persona y sus circunstancias son distintas, no sea soberbio porque así sólo demuestra su ignorancia.

Y si es usted activista político, pues el nombre lo dice, actívese y váyase a su partido o su cabildo y exija, y sacrifique también su tiempo, su comodidad para lograr sus objetivos.

El mal no se va a erradicar del mundo haciendo más mal o quedándonos todos en casa viendo memes. Se va a erradicar trabajando, día y noche, por muchos siglos, todas las sociedades, en educar a nuestros ciudadanos, aprendiendo de nuevo lo que es el esfuerzo, el compromiso, el sudor y la paciencia, y lo que es el amor por todas las cosas, hasta las más simples como un ratoncillo o un árbol.

Nuestra tecnología capaz de salvar vidas no debería ser usada para crear armas químicas. Nuestras religiones capaz de redimir y educar en la moralidad a tanta gente, no deberían servir para violentar y perseguir y matar en su nombre.

Nuestra política capaz de resolver conflictos, de unir esfuerzos para salvar el planeta, no debería servir para separarnos aún más y dividirnos y atacarnos.

Las redes sociales y la internet, capaces de abrirnos los ojos a todo un mundo de conocimiento y personas nuevas que están ahí afuera, no deberían servir para insultarnos, o acosarnos, o pervertirnos. ¿Por qué convertir en odio y en violencia todo lo que tocamos?

No lo se, pero la respuesta está allá afuera en una vida de aventura y armonía, y no en las redes, en una vida de frustración y odio.

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