El amor es un misterio. El amor es un sentimiento que va más allá de una inclinación por el placer, el amor fluye de un recipiente que vierte y que espera recibir. El amor es una energía dinámica que actúa entre los sujetos y los mantiene unidos, es como la fuerza de gravedad que origina pasión. El amor requiere retroalimentación para mantenerse activo, el amor no contamina, es un jardín de senderos que se bifurca. El amor es el espejo donde se miran las personas y encuentran al otro, que no es su contrario, sino su complemento. Estar enamorado no es amar, es estar en la antesala del amor. De hecho, muchos enamorados nunca llegan a amar, porque el amor es correspondencia. Pero aun así, el amado puede provocar este sentimiento en el amante y sin embargo, a pesar de que el amante experimente amar, el amado puede estar muy ajeno a esa emoción. No hay peor condición de un amante, que entregar su voluntad al ser amado y dejar que éste disponga a su antojo de su destino. Pero no no importa, ya que, como dice la canción, “es mejor querer y después perder, que nunca haber querido”. Cierto, a veces desearíamos no estar enamorados. Pero, por lo que más quieran, no nos quiten el amor, porque terminaremos como el sujeto del poema de Machado. Una vez que se ha arrancado la espina, en medio de la noche nos despertaremos aullando: “Aguda espina dorada quién te pudiera tener, en el corazón clavada”. Por eso el amor es la contradicción perfecta, tal como lo define Francisco de Quevedo:
“Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.
Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¿Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!”.