En un estado que ostenta el trágico récord de ser uno de los rincones más peligrosos de América Latina para ejercer el periodismo, la nueva genialidad burocrática del poder estatal no es dar con los responsables de la impunidad criminal ni garantizar salarios dignos. La prioridad del día es algo mucho más cómodo para el escritorio oficial: hacer un censo. Bajo el discurso jarocho de “poner orden”, “evitar excesos” e identificar a las y los comunicadores, la propuesta de empadronar a la prensa vuelve a asomar la cabeza. La narrativa institucional lo vende como el remedio infalible para la profesionalización y la protección.
Pero en Veracruz, donde el periodismo se ha ejercido bajo la sombra de la intimidación, el concepto de una lista oficial tiene un sabor añejo y rancio. Saber cuántos somos y dónde estamos, resulta una trivialidad, como si las fiscalías y la propia CEAPP no supieran perfectamente qué medios cubren en Coatzacoalcos, Xalapa, Poza Rica, la cuenca, o el centro del Estado. El decir que es para evitar los excesos resulta risible.
Es un hecho, que existe molestia gubernamental cuando se cuestiona la narrativa oficial. Por cierto, la mandataria estatal señala que fueron los propios periodistas quiénes solicitaron el censo. Desde luego tenga por seguro, que no fueron los periodistas incómodos, más bien fueron los aplaudidores del gobierno estatal. De eso no hay duda alguna.
