Para la magistrada Arely Reyes Terán, juzgar es un acto de fe. En el caso del profesor que se suicidó, asegura que él violentó a la niña, porque prefiere creerle a ella

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Para la magistrada Arely Reyes Terán, juzgar es un acto de fe. En el caso del profesor que se suicidó, asegura que él violentó a la niña, porque prefiere creerle a ella FOTO: WEB

Juez, LeyArely Reyes Terán, magistrada del Tribunal de Justicia Administrativa de Puebla aseguró que el profesor Alberto Israel Jasso violentó a la menor y que después la culpó de su muerte. Estamos hablando de una magistrada, una mujer de leyes, no cualquier abogada que motu proprio juzgó y condenó en una centésima de segundo a un profesor que aseguró era inocente de acoso sexual. Pero para la magistrada la cosa se reduce a un asunto de fe: «Pues entre lo dicho por él y por la niña, yo le creo a la niña». A ese tipo de impartidores de justicia es a los que le tenía miedo el profesor Alberto Israel Jasso, a aquellos que, sin tener pruebas, sin tener datos, sin conocer los pormenores a priori dicen: «Le creo a la niña». Decenas de colectivos feministas se mueven bajo esa premisa, creer a las víctimas, a priori, sin siquiera conocer los pormenores del caso.

Arely Reyes Terán, magistrada del Tribunal de Justicia Administrativa de Puebla ya tuvo que recular y en su reculo primero se justifica y ya después se disculpa: «En nuestro país, solo diez de cien casos de abuso sexual son denunciados; mi comentario estuvo encaminado al hecho de que, con la acusación que el presunto responsable hizo, la víctima está siendo severamente juzgada y estigmatizada y, con ello, otras mujeres y niñas se detienen antes de llegar a la etapa de denuncia.

»Por otra parte, reconozco que mis palabras fueron imprudentes y contribuyeron a que una conversación tan delicada no se abordara con sensibilidad. Por ello, ofrezco una sincera disculpa y reitero que mis comentarios han sido a título personal». Esta es la clase de abogadas que tienen a su cargo juzgar con objetividad, esas que a primera vista tienen el don de adivinar quién es el culpable o que, sin pruebas, sólo les basta creer en alguien, como si juzgar fuera un acto de fe.

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