El cierre del partido fue un ejercicio de resistencia no apto para cardíacos. Alemania, herida en su orgullo, volcó todo su arsenal ofensivo, convirtiendo el área ecuatoriana en una zona de bombardeo constante. Pero la resistencia de la Tri no fue una casualidad; fue el reflejo de un plantel que entendió que contra los grandes se juega con el corazón en la mano y la cabeza fría.
Vencer a Alemania en una Copa del Mundo, aunque sea en la primera fase, no es un resultado cualquiera: es un golpe de autoridad que retumba en todo el planeta fútbol. Ecuador demostró que el respeto se gana en la cancha y que, en este torneo, los favoritos al trono van a tener que sudar sangre si quieren imponer su jerarquía.
Ecuador ya probó el sabor de la hazaña; ahora, que pase el siguiente en la siguiente fase.
