Y es que no hay naco anónimo, el anonimato va en contra de sus reglas. Por eso hay que ponerse el tatuaje mal hecho donde pueda ser admirado, aunque sea en la peluda pierna o en el adiposo brazo y andar siempre de bermudas o de camiseta de tirantes para que se vea la obra de arte. No hay naco anónimo, por eso la cadena de plata o de chapa de oro debe ser ostentosa, apantalladora para que la gente se vaya con la finta y diga: «Mira, ahí va un wey con varo». No hay naco anónimo. El naco es un ser de costumbres, completamente social. El naco no puede perdonar el domingo sin ir a echar la cáscara con los cuates al llanito; sudar la gota gorda para volver a la casa donde le espera la salsa de chicharrón y la caguama. Por cierto, el naco no perdona la semana santa en Chachalacas.
No hay naco anónimo, el naco es muy compartido y por ello, cuando está escuchando su música, sube el volumen al máximo para que sus vecinos se deleiten con las canciones de La Banda que manda, Lupillo Rivera, Valentín Elizalde o el Chapo de Sinaloa. El naco cree que todos se lo agradecerán. Aparte, el naco es impermeable a los insultos; para eso tiene la frase que lo define, que lo justifica, que lo hace presente en el universo: «Me vale madres». El naco va por la calle pidiendo ser mirado, admirado, repudiado o envidiado; por ello la gorra y la chamarra con estoperoles, la camisa del club deportivo que le apasiona, las botas picudas, los lentes oscuros y el pelo largo a lo Rigo Tovar, santo patrono de la naquiza popular.

