Ícono del sitio Libertad Bajo Palabra

El día que casi iniciamos un incendio en el Cofre de Perote. Pasto seco, vientos fuertes, fogatas y adolescentes irresponsables

Perote

El día que casi iniciamos un incendio en el Cofre de Perote. Pasto seco, vientos fuertes, fogatas y adolescentes irresponsables FOTO: WEB

Estaba en la escuela preparatoria y formaba parte de un grupo de amigos que jalaba para todos lados juntos. A veces nos poníamos de acuerdo para irnos de pinta a esa parte del río Sedeño que llamábamos “El salto del gato”, una poza con cascada pequeña que hoy en mis recorridos por el río ya no reconozco; y no lo reconozco por la cantidad de porquería que se arroja en ese pobre río. Un día a uno de nosotros se le ocurrió ir al Cofre de Perote, éramos adolescebte todavía y la incursión a esa montaña sería como una prueba de iniciación. A la aventura nos anotamos Julio, Nicolás, José Luis, Mauro, el May, Vladimir y una persona pequeña de quien no recuerdo su nombre. No puedo entrar en detalles, el caso es que fuimos con mucho entusiasmo y poco entrenamiento. La subida al Cofre para un grupo de chamacos, no acostumbrados a las alturas, fue devastador.

Nos tomó toda la tarde ascender, sobre todo porque a varios nos dio lo que llaman el “mal de montaña”; apenas dábamos unos cuantos pasos y nos fatigamos; sentíamos dificultad para respirar. En el primer intento no llegamos a la peña del Cofre. Nos agarró la tarde, la oscuridad se nos vino encima y tuvimos que acampar cerca de la Peña. Un detalle curioso, en la noche, cuando estábamos arreglando la casa de campaña, escuchamos ruidos. Rápidamente nos pusimos alerta; uno de mis amigos había llevado un arma; en ese momento nos enteramos de eso. Al final apareció una persona extraviada, una persona que había ido con otros amigos al ascenso de la montaña y se quedó abandonado. Siempre pensé que si no hubiera sido por nosotros esa persona habría muerto extraviado en el Cofre.

Hicimos una fogata, una fogata que queríamos mantener encendida y por ello hicimos turnos para vigilar. A mí me tocó el primer turno junto con Julio, quien llevaba un pasamontañas que le cubría todo el rostro. Durante la guardia se me quedaba mirando y el reflejo de la luz de la fogata lo hacía ver siniestro. Cuando moví un leño para que lo alcanzara más el fuego y con esto avivar la lumbre, el leño rodó quemando unos arbustos cercanos. El arbusto empezó a incendiarse. Me levanté parsimoniosamente, fui a buscar unos cartones con los que apagar el arbusto, pero cuando di vuelta ya no era un arbusto, eran cuatro los que se incendiaban.

Después de que Julio se levantó para ayudarme a apagar los cuatro arbustos, ya eran ocho y luego doce. Para cuando se me ocurrió despertar a todos para que nos ayudarán a apagar los arbustos ya eran dos decenas de arbustos. Los arbustos estaban secos, el viento corría fuerte ladera abajo, de modo que los otros arbustos eran alcanzados de inmediato por el fuego de los que les quedaban cerca. Nos costó mucho trabajo, pero logramos, con las cobijas y cartones apagar todos los arbustos. Estuvimos a punto de iniciar un incendio.

Todos cansados entramos a la casa de campaña; adentro el extraviado dormía plácido, nunca se dio cuenta de lo que había pasado. Después de lo ocurrido, esa noche nadie se quedó a vigilar la fogata porque al final decidimos no hacer más fogatas. Todos nos metimos a la casa de campaña y dormimos el uno pegado al otro. Así fue como nos quitamos el frío esa noche.

Salir de la versión móvil