En el Evangelio de Marcos, Jesús, el Mesías, se llama a sí mismo “el Hijo del Hombre”. En el capítulo 2 del Evangelio de Marcos a Jesús le llevaron un paralítico. Al haber una gran multitud alrededor del Mesías, los parientes del paralítico tuvieron que abrir el techo de la casa donde estaba Jesús y por ahí lo bajaron en una camilla. Jesús se enterneció por el acto y al ver la fe que estos hombres tenían le dijo al hombre paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». De inmediato los escribas presentes murmuraron: «¿Por qué habla así este hombre? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados aparte de Dios?» Entonces Jesús, sabiendo lo que los escribas murmuraban les dijo: «¿Qué es más fácil? ¿Decirle al paralítico ‘tus pecados quedan perdonados’, o decirle ‘levántate, recoge tu camilla y anda’?»
Entonces se refirió a sí mismo «para que vean que el Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar pecados en la tierra…» Jesús le dijo al paralítico, «levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa», y el hombre tomó camilla y fue a su casa. Jesus es “el Hijo del Hombre” pues con ello refleja su naturaleza humana, la cual implica la compasión y humildad.
Habiendo sido un ser celestial, espiritual, al llamarse “Hijo del Hombre” se asume igual a sus semejantes; vale mencionar que Jesús experimentó limitaciones humanas y sufrimientos humanos. Además, el valor de su sacrificio tiene sentido, pues si por un hombre el pecado entró al mundo, por un “Hijo del Hombre” el pecado tendría que salir del mundo. ¡Tal como ocurrió con su sacrificio! La pregunta que surge ahora es: ¿Valoramos en lo personal el sacrificio de Jesús?
