En un país como el nuestro, donde nuestras propias autoridades ya no nos escuchan, la virgen intercede por todos, files e infieles, indios y mestizos, honrados y pobres; porque la virgen no hace ninguna discriminación y lo mismo socorre al que ha sido saqueado como al saqueador. Basta con que un sólo día el sujeto haya ido al templo a cantarle las mañanitas o haya llegado de rodillas hasta su altar, con las llagas sangrando, demostración evidente del amor y la devoción hacia la morenita del Tepeyac.
Los templos dedicaos a la Guadalupana se llenarán, las personas ya andan peregrinando, recorriendo grandes tramos a pie, como si no hubiera autobuses. Pero hay que hacerlo así porque del tamaño de la penitencia es el perdón; del tamaño del sacrificio será el pecado. Yo no sé si hay un tabulador para eso, pero debería haberlo. Una especie de escala que te diga cuantos kilómetros hay que recorrer a pie para determinado pecado.
Digamos, si el fiel piensa fornicar una vez por quincena, pues deberían decir cuantos kilómetros a pie debe caminar el peregrino; y si el sujeto sólo piensa mentir, o echarle una mentada de madre a algún funcionario corrupto, a lo mejor a ese lo dejan llegar en taxi a la basílica. En fin, el mismo Octavio Paz lo dijo: «Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares».
