En esa mañana notó que en la Plaza Constitución «habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo, pero yo no, pensé con melancólica vanidad».
Ahí está la epifanía, ahí está el momento trivial que da pie al momento de trascendencia; para “Borges”, el universo inclemente continúa y no se detiene a duelos particulares. Al personaje sólo le queda la vanidad y la poesía: «Cambiará el universo, pero yo no».
