El poder político, al igual que el canto de la sirena, tiene una fascinación que embabuca y atrae tanto a hombres como a mujeres. Lo más peligroso es cuando ya se tuvo y lo quieren volver a tener, estos personajes se acostumbran a la servidumbre, a mandar con tan sólo una llamada por teléfono, a las escoltas y carros blindados, a los viajes con todo pagado, a la caravana y pleitesía.
Eso le pasó a Margarita Zavala, esposa del hombre que sacó al Ejército a las calles para declararle la guerra al narcotráfico. Esta mujer escucha el canto de las sirenas, alguien le dijo que podía ser presidenta de México, no dude que esta mujer ha de pensar, «si él pudo porque yo no».
Lo que esta mujer ignora es que fueron millones de marinos que nunca llegaron a tierra firme porque quedan sin vida en la isla de artemisa ahogados por una sirena. El poder encumbra, pero también humilla y aplasta, y por cierto, ese poder está en manos de millones de mexicanos.