Entre el amor y el odio caminó el cubano que quitara el yugo de Fulgencio Batista. Llegó para quedarse, para ver pasar a 11 presidentes norteamericanos; sus discursos incendiarios en la ONU, y su repulsa a todo lo que fuera gringo, fue su principal carta de presentación. Cuba, la bella isla, se queda sin su líder; en Miami celebran la caída del dictador.
Lo cierto es que Cuba se queda en una encrucijada que exige libertad para viajar, para trabajar para invertir. Una apertura al mundo, donde los residentes y los exiliados puedan volver a soñar con una verdadera Cuba libre.
