Armando Ortiz / En sus orígenes, Iniciativa México proponía hacer grandes cambios en el país mediante una revolución social basada en la buena voluntad. Los mexicanos no necesitábamos tener iniciativa propia pues ellos nos marcarían la pauta para mostrarnos el camino por el que debíamos dirigirnos. La iniciativa debería ser de ellos, nosotros sólo debíamos reaccionar al llamado que nos hicieran. Por eso muchas instituciones, comercios, empresas, medios de comunicación, universidades y hasta el propio Gobierno Federal se sumaron a este programa que tiene como objetivo real nulificar la voluntad de los ciudadanos y poner por delante la de ellos.
Al principio debían simular. Utilizaron figuras públicas de moda, deportistas, gente de la farándula y hasta intelectuales; abrieron una convocatoria y juntaron una cantidad considerable de proyectos para que al final sólo quedaran cuatro y de esos cuatro sólo uno fue el ganador. Esa fue, en su origen, la gran revolución que prometieron, el programa social de las televisoras que habría de cambiar el rostro de nuestro país.
Por supuesto, para obtener el sello El buen fin los comercios habrán de pagar una cuota y esa cuota se la van a cobrar a los compradores; no faltaba más. De modo que las ofertas no lo serán y la gente podrá comprar la pantalla de 52 pulgadas con la que tanto ha soñado, sin importarle que al final los pagos terminen quitándole el sueño. Podrán comprar las consolas de videojuegos para los chamacos, las lavadoras o refrigeradores, la ropa y artículos varios que no requieren, pero que, según Televisa, toda familia decente debe tener.
Consumir, no ahorrar, es la iniciativa de México. La excusa es que con esto se reactivará la economía alicaída de nuestro país; la excusa es que con esto no se despedirá a mucho empleados de las empresas que obtendrán grandes ganancias de este «buen fin». Pero si acaso se salva algo, el sacrificio de la economía de los muchos, no justifica la codicia y avaricia de los pocos.
Este «buen fin» es como bursatilizar nuestro futuro, es semejante a lo que pasó en el estado de Veracruz en el sexenio pasado. Fidel Herrera no sólo se gastó el presupuesto (y digo gastar como eufemismo de hurtar) sino que endeudó al estado y todavía más, comprometió recursos futuros que se le entregaron en el presente y que se gastó en unos cuantos meses como si esos meses fueran su “buen fin” particular.
