Nunca he ocultado mi preferencia por algunos poetas y mi rechazo a otros. La poesía, según definición propia, es el mensaje de una voz que posee brazos largos, brazos que te alcanzan aunque te escondas, que te agarran descuidado y te tocan la espina dorsal con sus dedos tibios que te producen un grande escalofrío. Así es la poesía de Silvia Tomasa Rivera, poesía del mar en una playa que no contemplo, pero que cuando la leo, me moja los pies con sus palabras. Mi preferencia por la poesía de Silvia Tomasa Rivera, debo confesarlo, es demasiado parcial. La quiero y me quiere. Cuando estamos juntos me lee poemas de mar, de montaña, de desesperación y esperanza; se interrumpe y habla de mi madre, de su madre, de sus pasiones, de sus gozos y de sus dolores, pero ni en esas pláticas deja de hacer poesía.
Con Silvia Tomasa Rivera se cumplen una vez más las palabras de Jesús, «nadie es profeta en su tierra». Mientras en Veracruz se afanan en ignorarla, en otros estados de la República se pelean la publicación de sus libros, las conferencias sobre su obra o los reconocimientos a su trayectoria. Silvia Tomasa Rivera, nacida en El Higo, Veracruz, ha merecido el Premio Bellas Artes de Literatura Inés Arredondo 2026, «uno de los reconocimientos más significativos de México. Otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Instituto Sinaloense de Cultura y la Universidad Autónoma de Sinaloa, este galardón honra la memoria y el legado de la destacada narradora Inés Arredondo, figura esencial de la literatura mexicana del siglo XX».
Sobre este reconocimiento Silvia Tomasa declara: «Es un reconocimiento muy importante para mí, un agradecimiento para los lectores que me han seguido a lo largo de mi carrera. Es un gran honor que comparto con las mujeres de México que han dedicado su vida a las letras». Enhorabuena para nuestra poeta veracruzana, para la amiga, para la mujer que ha dedicado su vida a las letras y que hoy día cosecha el fruto de la semilla que ha sembrado.
