Hay grupos de feministas que pasaron de una relación igualitaria con el hombre a una relación de supremacía. Buscan estos grupos puestos de poder con la excusa de mostrar que ellas también saben gobernar, que son mejores que los hombres para ejercer el poder. Esa no es la postura de Angela Davis, quien acudió a la Universidad Nacional Autónoma de México para dialogar sobre Abolición, feminismo, ¡ahora! El eje de ese diálogo no fue un ataque a “los hombres” como categoría, sino un llamado a no quedarse en el feminismo de techo de cristal ni en reemplazar a unos gobernantes por otros sin tocar las estructuras. Davis ha sostenido de manera consistente que no acusa a los hombres como hombres, sino al sistema de superioridad de género.
En 2019 lo formuló con claridad: si no se cuestionan las estructuras, se corre el riesgo de luchar por el “derecho” de las mujeres a ser tan violentas como los hombres. Cambiar a los hombres por mujeres en las jerarquías no basta si las jerarquías siguen siendo las mismas. Ese punto contrasta con lo que se observa en México: hay mujeres en cargos de alto poder, incluida la presidencia y, en no pocos casos, el estilo de ejercicio del poder reproduce lógicas tradicionales como la centralización, lealtad partidista, uso del aparato del Estado, confrontación y continuidad de instituciones punitivas o de control.
La tensión queda así: un feminismo que solo cambia el rostro del poder puede producir “mujeres en el poder” que gobiernan como se ha gobernado siempre. El de Davis pide otra cosa: que el acceso de las mujeres al poder no sea el final, sino la prueba de si se transforma o se hereda la violencia institucional.
