Aunque la indignación continental ruge en boca de detractores históricos, la gran verdad es que la ayuda de la FIFA tiene un límite biológico y futbolístico. En las semifinales frente a Inglaterra, la Albiceleste tuvo que apelar a la épica de Enzo Fernández y Lautaro Martínez en los últimos cinco minutos para rascar un 2-1. El equipo sufre, se desgasta y muestra costuras que ningún silbato amigo puede remendar. El próximo domingo, Argentina se parará en el césped de Nueva Jersey para disputar la final ante España. Y ahí radica el verdadero drama de esta farsa: la Furia Roja no es Egipto ni Cabo Verde; es una maquinaria de fútbol asociativo que te expone sin piedad si no tienes juego.
De manera que por más guiños que mande el palco de honor de la FIFA y por más que el VAR intente trazar líneas creativas en los fueras de juego, la física y el juego bonito suelen imponerse. Si Argentina pretende consagrarse campeona basándose únicamente en el peso de su “amasiato” institucional y en el aura de un Messi crepuscular, se llevará un golpe de realidad monumental.
Es cierto que la FIFA en su insaciable gula comercial, puede regalarte un penal dudoso, puede facilitarte un cruce o puede silenciar a los reporteros rebeldes… pero no puede empujar el balón a la red por ti cuando el rival te pasea la pelota por todo el ancho de la cancha. De manera que si Argentina quiere ser campeón, tendrá que empezar a jugar al fútbol; porque el amor de la FIFA, aunque incondicional, no corre los noventa minutos. Al menos es lo que se espera en todo el mundo.
