Por qué nunca aceptaré la Nueva Escuela Mexicana

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Luis Ortiz Ramírez FOTO: WEB
- en Opinión

Luis Ortiz Ramírez / La mayoría de los maestros sabemos que la Nueva Escuela Mexicana se implementó de forma generalizada en todas las escuelas públicas de educación básica en el país en el ciclo escolar 2022-2023.  Sin embargo, muchos maestros han estado aplicando una política educativa llena de errores garrafales.

Por esa razón, asumir una postura crítica frente a las reformas educativas no es un acto de rebeldía sin causa; es, muchas veces, un ejercicio de congruencia con la realidad que se vive día a día dentro del aula.

Aquí les  comparto una reflexión estructurada desde la perspectiva de un docente comprometido, analizando los puntos de fricción más profundos con la Nueva Escuela Mexicana (NEM).

Para quien lleva años viendo de frente a la realidad educativa, cada sexenio llega con una promesa de redención pedagógica. Sin embargo, cuando la teoría choca con las paredes de nuestras escuelas, el entusiasmo de los escritorios gubernamentales se convierte en una carga pesada para quienes sostenemos el sistema.

No acepto la Nueva Escuela Mexicana no por temor al cambio o por comodidad, sino por las siguientes contradicciones fundamentales:

1. La utopía de la comunidad frente al abandono institucional

La NEM coloca a “la comunidad” como el núcleo del aprendizaje. Suena humano y progresista. Pero, ¿cómo articular proyectos comunitarios profundos en planteles que carecen de servicios básicos, donde el internet es un mito y la infraestructura se cae a pedazos? ¿Cómo podemos motivar al alumno a participar en los proyectos escolares, dentro de un contexto carcelario, sobre todo en el nivel de secundaria?

Exigirnos un trabajo de vanguardia comunitaria mientras el Estado mantiene el abandono estructural, es traspasar, una vez más, la responsabilidad del éxito o fracaso del sistema a los hombros del docente y de los padres de familia.

2. Con la idealización del codiseño y la sobrecarga administrativa

bajo el argumento de la “autonomía profesional”, se nos entregó la tarea de codiseñar el programa analítico. En la práctica, esto se tradujo en un laberinto burocrático interminable de formatos, justificaciones y reuniones de Consejo Técnico Escolar que consumen el tiempo que deberíamos dedicar a planear clases dinámicas o a atender el rezago educativo y emocional de los alumnos.

La autonomía no es real si viene acompañada de una fiscalización administrativa que asfixia el tiempo pedagógico.

3. El debilitamiento de los saberes disciplinarios metodológicos

La integración por campos formativos y el trabajo estricto por proyectos de aula, escolares y comunitarios ha fragmentado la secuenciación lógica de materias fundamentales. Intentar forzar que la historia, la ciencia o las matemáticas encajen siempre en un proyecto social específico a menudo diluye el rigor del conocimiento. Los alumnos necesitan herramientas conceptuales sólidas y sistemáticas; vaciar de contenido duro los programas en nombre de una “educación socio-crítica” puede terminar ensanchando las brechas de desigualdad frente a quienes sí tienen acceso a una educación privada estructurada.

4. La imposición ideológica sobre la pluralidad pedagógica

Una verdadera escuela mexicana debería nacer de un consenso genuino y plural, no de una visión ideológica vertical que se impone desde el discurso oficial. La pedagogía crítica es valiosa, pero cuando se convierte en un dogma institucionalizado, pierde su esencia cuestionadora y se transforma en un manual de adoctrinamiento conceptual que ignora la diversidad de pensamiento de los propios maestros.

Conclusión: Resistir desde la Praxis

No aceptar la NEM de forma sumisa es un acto de responsabilidad profesional. Significa que, a pesar de los formatos y los discursos de moda, en el aula se seguirá priorizando lo que los estudiantes realmente necesitan para la vida: comprensión lectora, pensamiento lógico-matemático, criterio propio y un espacio seguro para aprender.

No debemos olvidar que al final del día, los gobiernos y sus planes de estudio pasan cada seis años, pero los maestros y la urgencia de educar con la verdad permanecen por mucho más tiempo.

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