Desde el inicio de las operaciones militares conjuntas entre Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero de 2026, ha surgido una narrativa en medios y análisis internacionales que sugiere que el presidente Donald Trump enfrenta dificultades para cerrar el conflicto de manera favorable y rápida, tal como había prometido. Trump ha insistido repetidamente en que Irán está “totalmente derrotado”, que su capacidad militar ha colapsado y que Teherán busca desesperadamente un acuerdo. Sin embargo, varias señales han alimentado la percepción contraria. Trump ha extendido en múltiples ocasiones el plazo para atacar infraestructuras energéticas iraníes (plantas de energía y refinerías), la última vez hasta el 6 de abril de 2026, argumentando que las conversaciones “van muy bien”.
Críticos interpretan estas demoras como signo de que Washington busca una salida negociada para evitar un conflicto prolongado de desgaste. Impacto económico y político interno. El conflicto ha elevado los precios del petróleo y la gasolina en EE.UU., erosionando ligeramente la aprobación de Trump (alrededor del 40% en algunos promedios recientes). No ha habido un “efecto bandera” significativo y una mayoría de estadounidenses se opone a la intervención, según encuestas. Esto genera preocupación en el Partido Republicano de cara a las midterm elections.
Medios como The Guardian, The New York Times, CNN y The Conversation han publicado piezas que describen la situación como un posible “fracaso estratégico” para Occidente. Se argumenta que, pese a los golpes militares asestados, Irán mantiene capacidad de respuesta asimétrica (drones, misiles, control parcial del Estrecho de Ormuz) y no ha cedido en sus posiciones centrales. Algunos hablan de que Trump estaría “buscando una salida” de un predicamento que se ha vuelto más costoso y prolongado de lo anticipado.
