Salen ebrios de la fiesta y buscan taxi para poder llegar a su casa, y es que pusieron en ridículo a la esposa e hijos porque se pelearon con el hermano, con el padre; ebrios a los que tuvieron que sacar entre todos para que no siguieran arruinando la fiesta. Me consta, yo fui taxista ocho años y los veía salir, me hacían la señal de parar y los subía a mi taxi. Me contaban su vida, sus broncas, sus rencores, pero nunca su felicidad. A la mañana siguiente la resaca, la vergüenza, las disculpas en el mejor de los casos, o el silencio en el peor. Otras veces la Navidad es un recordatorio de nuestra soledad, un vistazo a la ruindad de los demás, una ojeada a los sueños no cumplidos. Se desea. pero no se tiene para comprar, se ansía, pero no se tiene para aspirar.
No es cierto eso que dice Serrat, que en las fiestas «el prohombre y el humano bailan y se dan la mano sin importarles la raza». Acaba uno descubriendo que para muchos hay varias clases de Navidad. Aparte, cómo imaginarse que la noche es de paz cuando el mundo vive el conflicto de las desigualdades, de las guerras, de su propia inmoralidad. Tan sólo el mes pasado fue uno de los más violentas en varias décadas; siguen apareciendo muertos y descabezados, ejecutados por el crimen de esta desigualdad social.
A mí, debo confesarlo, me gusta ver los escaparates de las tiendas llenos de ofertas falsas, me gusta ver a la gente sonriendo, compitiendo con sus vecinos en la iluminación de sus casas, no escatimando gastos, comprándose ese abrigo que tanto les gustó, esos zapatos que están por encima de su presupuesto, ese vestido, esa camisa, ese reloj. Me gusta todo eso, pero no me engaño; no creo que deseándonos prosperidad y paz en una sola noche se nos vayan a solucionar los problemas.
Ojalá y en verdad la Navidad solucionara los problemas del mundo. Ojalá y entonces todos los días fueran Navidad y los hombres se desearan paz todos los días. Pero el ser humano tiene la mala costumbre de hacer que los buenos deseos duren lo mínimo para evitar que estos se cumplan.
