De huracanes y cosas peores

Huracanes
De huracanes y cosas peores FOTO: WEB
- en Opinión

Jorge Flores Martínez / Un huracán como fenómeno meteorológico es el resultado de un planeta que respira y responde a las leyes y principios de la termodinámica, no hay nada de catástrofe ni mucho menos de desgracia en estos fenómenos.

En el atlántico se les denomina huracanes; en el pacífico, ciclones; y en el índico, monzones. Para muchas culturas son eventos esperados que regresan la humedad y dan inicio al ciclo de la vida cada año. En nuestro país son indispensables para recuperar los niveles de los cuerpos de agua, limpiar nuestros ríos y recobrar la humedad en nuestros bosques y suelos.

Difícilmente me podría considerar experto en ciencias atmosféricas o algo parecido, pero no tengo la menor duda que, como cualquier fenómeno natural, los huracanes existen antes que el ser humano caminara por el planeta. Es una necedad considerarlos como una desgracia o tragedia.

En la antigüedad nuestras ciudades, en el momento de su fundación, se consideraba el acceso al agua y su desalojo sencillo y natural. Los egipcios comprendieron que el río Nilo era una bendición y vivieron milenios junto a su cauce, respetando las crecidas y su natural comportamiento. Los indios, veneraban sus ríos sagrados, sabían que dependían por completo de ellos, tanto que no se puede comprender su cultura sin el Ganges.

En Europa, toda ciudad tenía una relación de dependencia con su río, tenemos Londres y su Támesis, París y el Sena, aún Madrid y su casi nada Manzanares. Los ríos son una ventaja para una ciudad, Nueva York no sería lo que es sin el río Hudson, la misma Tenochtitlán logró tanto al estar asentada en un pequeño islote de un lago que era alimentado por multitud de ríos.

Los mismos mexicas aprendieron a la mala que con el agua no se juega, la bendición y ventajas militares, estratégicas y de comunicación que representaba la ubicación de su ciudad en un islote se tenían que pagar con extraordinarias obras hidráulicas para mantener las aguas dulces separadas de las salobres durante las crecidas.

Llegaron los españoles y durante los primeros años dudaron en refundar la ciudad en ese islote, sabían la complejidad urbana que tendría controlar la naturaleza. La decisión fue política, la ciudad se quedó donde estaba, ya se vera después. El después vino pronto, a los pocos años se inundó la ciudad por cinco años, de 1629 a 1634.

Los españoles fundaron miles de ciudades en sus nuevos territorios, prácticamente buscaban dos cosas, acceso al agua y la forma de desalojarla de forma sencilla. Trazaron sus ciudades, comprendieron el terreno y buscaron narraciones que les podrían dar los naturales. La naturaleza se debe comprender, aún los animales lo hacen.

Es así que varios siglos después tenemos grandes ciudades que fueron fundadas por los españoles y el conocimiento de los habitantes de estas tierras casi indómitas. Hoy es extraño que los cascos antiguos se inunden o sufran de más por lluvias torrenciales o por el paso de huracanes.

Xalapa es un caso, no se trata de una ciudad fundada por los españoles, según referencias históricas, ya existían algunos poblados dispersos antes de la conquista en lo que hoy es el centro de la ciudad, pero ojo, el mismo trazo de nuestras calles obedece a una lógica de desalojo de aguas servidas y pluviales.

Aún con eso, durante la Nueva España, se realizaron obras hidráulicas importantes en Xalapa, como es el caso de la Calle de Juan Soto, antes “De la Acequia”. El trazo de esta calle obedece al escurrimiento del nacimiento de Techacapa, había que desalojar el agua.

Lo que vemos ahora son colonias en la periferia de la ciudad que el trazo de sus calles no tiene nada que ver con la topografía, los escurrimientos naturales son ignorados y despreciados como caños de aguas sucias sin ningún beneficio. Se invaden predios en cerros y se alienta a los pobres colonos como clientela electoral de políticos sin escrúpulos.

El agua es nuestras ciudades es un bien escaso y deseado para muchos y una desgracia al mismo tiempo. Construimos nuestras ciudades a lo pendejo, no planeamos ni por error, ensuciamos nuestros ríos, tapamos los escurrimientos naturales y construimos en el lugar donde nos abastecemos del vital líquido. Tratamos con total desprecio al agua, parece que la odiamos.

Y así queremos que el agua no nos trate mal.

Merecemos lo que nos pasa y más.

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