El “Comandante Cero”, no puede caer en el olvido histórico

Comandante
Edén Atanacio Pastora Gómez, el Comandante Cero FOTO: WEB
- en Opinión

Edgar Hernández* / 

¡Aquí Nicaragua Libre!

A Edén Atanasio Pastora Gómez, el mítico “Comandante Cero” habría que colocarlo, al igual que a otros líderes guerrilleros como Cesar Augusto Sandino, el “Che Guevara” o Tomás Borge, en las mejores páginas de la historia de la insurgencia universal.

Por su valor, conciencia de clase y esa eterna lucha por la libertad, ajenos a signos, símbolos e ideologías, el legendario “Comandante Cero”, deberá ser acreedor al rescate histórico para ser recordado por generaciones posteriores.

Fue un hombre universal –líder e ícono cultural- cuya lucha no puede ser olvidada por las circunstancias y el atropellado tránsito de la historia de lo cotidiano.

Edén quiso cambiar el mundo y lo logró.

Su legado ahí, está presente. Perene e inolvidable desde aquel inolvidable 22 de agosto de 1978, al encabezar el asalto al Palacio Nacional de Managua, tomando como rehenes a más de un centenar de congresistas lamebotas de la dictadura somocista, convirtiéndose así en el ícono de la naciente lucha libertaria inspirada, décadas atrás, por Cesar Augusto Sandino y Carlos Fonseca Amador.

El joven estudiante de la Universidad de Guadalajara, México pasaría como muchos en la mitad del siglo pasado, de la academia a la fiera oposición ante del despotismo dictatorial, siempre bajo la sombrilla de la izquierda.

Así, tras el impacto mediático mundial que provocaría el inicio del debilitamiento del régimen genocida de Anastasio Somoza Debayle, el “Comandante Cero”, nacido un 15 de noviembre de 1936 en Ciudad Darío, entraría a la clandestinidad, luego a la lucha abierta desde lo escarpado de la serranía colindante con Costa Rica, desde donde tejió con los hermanos Humberto y Daniel Ortega Saavedra, la insurgencia libertaria de Nicaragua, misma que los llevaría al derrocamiento de una dictadura familiar de seis décadas.

En realidad fue la insurgencia de todo un pueblo acompañada de un grupo de valientes guerrilleros e ideólogos de la revolución por aquel entonces etiquetados como Frente Sandinista de Liberación Nacional.

¿Cómo olvidar a Silvio Mayorga, Tomás Borge, Oswaldo Madriz y Heriberto Carrillo? Cómo dejar a un lado a Juan José Ordóñez, Roger Hernández y Porfirio Molina o a los Cardenal o a los primeros que construyeron la base insurgente: Benjamín Zeledón, Pablo Úbeda, Carlos Roberto Huembes, Rigoberto López Pérez o Camilo Ortega.

En la lucha independentista jamás serán objeto del olvido histórico el periodista Pedro Joaquín Chamorro y su distinguida esposa, doña Violeta, como tampoco pasarán desapercibidos para las mejores páginas de Nicaragua, Sergio Ramírez o Moisés Hassan.

Lo mismo sucederá, de hecho así lo es, con Alfonso Robelo, el paisano Víctor Tirado López, Henry Ruiz, Jaime Wheelock, Bayardo Arce, Luis Carrión y Carlos Núñez, algunos de ellos ya fallecidos.

Otros más no se citan por falta de espacio, pero no fueron menos importantes en la construcción de la libertad e independencia de Nicaragua que se alcanza su culminación aquel inolvidable 19 de julio de 1979 en donde dos corresponsales de guerra mexicanos, Edgar Hernández y Pedro Talavera, recogimos en una crónica videograbada para Canal 13, el triunfo insurgente, que año con año se conmemora en la Plaza de la Revolución, con un “¡Aquí Nicaragua Libre!”.

Ni el tiempo, ni las circunstancias políticas borrarán las páginas de esa lucha por alcanzar una patria, mismas que hoy regresan a la memoria tras la muerte de Edén Pastora.

-“¡Hey…! ¿Ustedes son los periodistas que vienen de México?”, me preguntó el ya para entonces célebre “Comandante Cero”, cuando arribamos al teatro de la guerra.

-“¿Vienen a decir la verdad o a echar mentiras?”, repuso.

Los siguientes siete meses viviríamos con el grupo guerrillero que encabezaba en Conventillos, muy cerca de la frontera.

Para él éramos los periodistas “aztecas” incorporados a la lucha que le evocaba su paso estudiantil por México, en la ciudad de Guadalajara; para él era muy importante que informáramos a nuestro país la realidad genocida de la dictadura en momentos en que estaba por derrumbarse tras el asesinato del periodista Bill Stuart de ABC, de Estados Unidos, bajo el fusil de un soldado.

Con el “Comandante Cero” pasamos hambre, frio, el brutal calor del monte y el inclemente ataque de los moscos. Los enfrentamientos eran igual todos los días y en la mayoría de las veces nunca veíamos al enemigo del otro lado de la “línea”… Solo eran disparos y más disparos con la 50 “¡Ahí te van tus caramelos!”.

De cuando en vez aparecía por la zona de playas un “Push and Pull” que desde el aire nos zarandeaba con nutrida metralla o los aviones, algunos de ellos de la Fuerza Aerea Mexicana, que desde el aire tiraba alimentos que había que recoger presurosamente ya que estábamos cercados por la guardia somocista.

Este escribano recuerda al “Comandante Cero” de carne y hueso.

De recio carácter, pero de buen corazón; estricto con las faginas y las guardias día y noche en donde todos le entrábamos, pero prudente y cauto con las minas, y valiente… muy valiente, sobre todo cuando se trataba de ir al frente.

Su piel muy blanca a pesar del tremendo sol; labios delgados, barba rala y tan rápido para hablar como para disparar. Siempre vestido de verde olivo con su machete y cuchillo acompañando a una pistola si no mal recuerdo era una escuadra calibre 45.

El 18 de julio de 1979, nos dimos un abrazo de despedida. Todo había terminado. Nos fuimos a León a encontrarnos con otro valiente, Daniel Ortega, líder del movimiento guerrillero.

Con Edén no volvimos a vernos hasta hace un par de años cuando Pedro y yo fuimos a Managua invitados por el presidente Daniel Ortega y Rosario Murillo, para entregarnos la “Orden de la Independencia Cultural, Rubén Darío” por nuestra “participación heroica en aquella etapa de nuestra vida de luchas y batallas, de victorias y de grandes hazañas que marcan el vigor y la gloria de la libertad de Nicaragua”, según reza el pergamino acompañado de una medalla de oro.

En esa ocasión fuimos a su casa, una vivienda digamos modesta. Lo vi fuerte y sin dolencias, atrapado en su historia y con una memoria de privilegio al recordar minuto a minuto el asalto a Palacio, sus escondites bajo tierra durante la persecución somocista, los enfrentamientos con la Guardia Nacional en el norte de Nicaragua y su versión sobre los “Contras”.

A concluir nuestro encuentro me obsequió su machete y cuchillo enfundados en cuero viejo que llevó en la ofensiva final, mientras a Pedro le dio un cuchillo alemán y una botella de “Flor de Caña”, si no mal recuerdo.

Nos dimos un abrazo, el me besó la mejilla izquierda y no nos volveríamos a ver.

¿Hombre polémico? ¡Sí! ¿Controvertido?, también. Con una inconformidad permanente porque “¡Así me cinceló la vida, hermano!”.

Así lo recuerdo. Así fue la vida de un hombre que hoy muere para dar paso a la leyenda.

¡Requiem!

Tiempo al tiempo.

 

*Premio Nacional de Periodismo

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