La derrota de Javier

Duarte
Javier Duarte de Ochoa
- en Opinión

Filiberto Vargas Rodríguez / “Hay que luchar y seguir luchando aunque sólo sea previsible la derrota”, decía Mao Zedong.

Javier Duarte dejó de luchar, dobló la cerviz y entregó la plaza.

Héctor Yunes le demostró que no era necesario “bajarle dos rayitas” a su discurso, que su mejor argumento para conseguir la candidatura del PRI, era señalar los errores, los excesos de la administración duartista.

Y ahí está Javier Duarte, solo y derrotado. Ya dejó de gobernar. Su palabra hoy vale menos que nada.

Reza un dicho que “rendirse es la forma más cobarde de aceptar la derrota”.

Tarde entendió que la burla, el bullying y la descalificación no eran herramientas suficientes para doblegar al enemigo, ese que día con día se fortalecía, alimentado con las inagotables fallas de su gobierno.

En su afán por aferrarse al poder, Javier Duarte tardó una eternidad en impulsar a su delfín. Lo prefería cercano a él, cobijado en su sombra. Heredó una tara de su maestro, Fidel Herrera: Esa resistencia a admitir que alguien a su lado pudiera crecer más que él.

Javier Duarte tuvo en sus manos una oportunidad histórica. Nunca un gobernador de Veracruz recibió del Presidente el voto de confianza para construir su propia sucesión. Pudo reformar la Constitución para establecer un mini-gobierno, lo que –según sus cálculos- desalentaría a los senadores y él podría proponer a uno de los suyos.

Se equivocó. Los senadores no vieron una opción de dos años, sino de ocho. El agravio los unió y los hizo aún más fuertes. Mientras eso sucedía, el delfín del Gobernador seguía agazapado, en espera de la señal para construir su propia circunstancia.

La señal llegó demasiado tarde.

Su resistencia a admitir la postulación de Héctor Yunes tenía un objetivo claro. Obligar a quien seguramente será su sucesor, a sentarse y negociar un blindaje legal, una carta de impunidad.

Lo que no previó Javier Duarte al impulsar un gobierno de dos años, fue que se verá obligado a negociar dos veces (en el 2016 y en el 2018) el borrón de su oscuro historial en la administración pública. Con el patrocinio de la campaña, este año, tal vez consiga inmunidad en el próximo gobierno, pero quien asuma la gubernatura en el 2018 no tendrá compromiso alguno y se encontrará con un suculento platillo mediático: Acciones concretas para combatir la corrupción y la impunidad.

Javier Duarte se equivocó. Creyó que sería más fácil derrotar a sus enemigos políticos, se llenó de soberbia y desdeñó los riesgos. Hoy está pagando las consecuencias.

Prometió que no entregaría el gobierno a la oposición y seguramente así será, pero sus enemigos, los de verdad, no visten de azul, ni de amarillo. Sus verdaderos rivales son tricolores y ya lo derrotaron.

Hoy lo que queda es asear la casa, para que no la encuentre muy desordenada su sucesor. Hoy lo que sigue es buscar un árbol frondoso que le dé buena sombra, por lo menos para la próxima década.

Un consuelo habrá de quedarle. Decía José Saramago: “La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva”.

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