El pecado de ser animalista

- en Opinión

Cecilia Muñoz / Siempre ocurre. Apenas la mirada, la conciencia o la atención social voltean hacia los animales domésticos, alguien salta, vocifera desde su computadora y juzga tal interés como absurdo.

La acusación general es de misantropía; el señalamiento: alienado urbano; la réplica: “¿¡Y los humanos qué!?”. Inmediatamente el quejoso empieza a citar todas las desgracias que afectan a la especie humana (generalmente causadas por la misma especie humana).

Donar dinero para un refugio de animales, ofrecer la casa como hogar temporal para animales en situación de riesgo, ocupar el tiempo libre en voluntariado animal… No falta quien juzgue tales acciones como sinsentidos. Y repite la cantaleta de las desgracias humanas y, de repente y sólo de momento, se vuelve un acérrimo representante de la filantropía y la fraternidad.

No niego que exista en el animalismo cierto (que no total) romanticismo, entendido como un gran entusiasmo por remontarse a la naturaleza a través del animal de compañía, lo que pareciera justificar la acusación de “alienado urbano”. Pero dígame: ¿y qué? Después de todo, cada quien tiene sus traumas. Y cada quien los enfrenta como puede. Cada quien tiene sus simpatías. Y cada quien las expresa como quiere. ¿O existe algún reglamento universal que norme cuáles deben ser las preocupaciones sociales de los individuos?

Aunque haya a quien le cueste creerlo, ser activista de una causa no significa que inmediatamente haya que ignorar, minimizar o invisibilizar otras. El animalista no es un odia-humanos que se dedica a llenar sus vacíos con perritos mientras ignora al niño que pide en la calle… Es sólo una persona cuyos esfuerzos se concentran en ayudar y proteger a otros seres vivos, por mucho que no comparta especie con éstos. El animalista simplemente intenta saldar la deuda que la razón humana le debe a los animales y al planeta.

Eso sí, si es o desea ser animalista o colaborar de alguna manera en la causa, haga el favor de no ser como ese que una vez me llamó “esclavista-racista” por decir que los perros no son personas, como si la antropomorfización fuera la única vía para reconocerlos seres sintientes… Porque tampoco hay que llevar la pasión hasta el extremo de las aberraciones conceptuales.

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